De asaltar los cielos a repartirse la túnica


Redacción

El 18 de octubre del 2014, impulsado en las encuestas por el descontento popular y con el éxito aún caliente de las elecciones europeas de mayo, Pablo Iglesias, líder indiscutido e indiscutible en aquel entonces de Podemos, sacaba pecho en Vistalegre, su feudo fetiche: «El cielo no se conquista, se toma por asalto», gritó ante su enfervorecida asamblea de simpatizantes.

Asaltar los cielos se convierte en el mensaje de la campaña del 2015. Frente al PSOE «socialdemócrata» de Pedro Sánchez, que estaba en caída libre en las encuestas, Iglesias ya no se conformaba con ser muleta de los socialistas. Su objetivo era el sorpasso. Convertirse en presidente era el sueño del chaval de Vallecas que había crecido en las Juventudes Comunistas. Un año después, en las vísperas de la lotería, le tocaron nada menos que 69 diputados. Y seis meses después, en junio del 2016, llegó a su techo: 71 diputados, frente a los poco más de los ochenta cosechados por Sánchez en el que fue el peor resultado de los socialistas en la democracia.

Mariano Rajoy frenó la acometida de Iglesias y su batallón de profesores universitarios e hizo buena la máxima de la política italiana: «El poder desgasta, pero mucho más a quien no lo tiene», dejo dicho Giulio Andreotti, maestro en el funambulismo para mantenerse en el palacio del Quirinal.

Pablo cambió de pareja, de casa y de amigos. La compra del chalé de Galapagar le aisló aún más en un Podemos en el que no admitía disensiones. Era el 2018 y su partido, el mismo que llevaba su imagen en las primeras elecciones a las que concurrió, las europeas del 2014, ya había ido prescindiendo de algunos de su fundadores, como Sergio Pascual o Luis Alegre, o apartado a los otros dos rostros más conocidos, Carolina Bescansa e Íñigo Errejón, para promover a Irene Montero.

En esta época en lo que todo ocurre a la máxima velocidad y una noticia solapa a la anterior en décimas de segundo, Podemos se ha convertido en un partido viejo en apenas un lustro. A Pablo primero le abandonaron los que eran sus amigos más cercanos y, ahora, los que teóricamente eran sus aliados. Murcia puso el altavoz a la disensión interna. Íñigo Errejón, el mismo que comía pan con azúcar junto a Iglesias en el comedor de la facultad de Políticas de Somosaguas, el cerebro de la maquinaria electoral del partido, el alter ego revolucionario de Pablo, no se resignó al exilio en la oposición de la Comunidad de Madrid y ha decidido exigir su parte del botín de la criatura llamada Podemos.

En pleno calvario para su partido, muchos centuriones del partido morado reclaman su parte del botín y ya solo esperan para repartirse la túnica de Pablo.

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