Declive de la virilidad y violencia sexual grupal


El caso de La Manada no es único. La violencia sexual grupal hacia mujeres parece haberse multiplicado últimamente. El proyecto Geoviolencia sexual ha documentado más de 100 casos desde el 2016.

¿Cómo explicar este fenómeno? En primer lugar, debemos partir de las enormes mutaciones producidas en el campo de la feminidad. Las mujeres actuales son más poderosas y menos dependientes, lo que las hace sentirse menos en desigualdad respecto a los hombres, también en el plano sexual. La mujer actual ya no se presta tanto a satisfacer pasivamente, en posición de objeto, el deseo sexual que el hombre sostiene en sus fantasías sexuales.

Siempre existió la cobardía masculina frente a la mujer deseada. Entre otras cosas, porque ningún encuentro sexual tiene garantizado el resultado, ni el éxito. Uno de los recursos masculinos frente a la cobardía es la grupalidad. La mayor de las aberraciones, o de las tonterías, puede ser irresistible para los hombres si las propone el grupo, frecuentemente bajo la modalidad: «A que no hay cojones».

Si la virilidad auténtica pasa por poner en juego el deseo, declararlo como apuesta sin garantía, el hombre cobarde tiene que imaginarse que la mujer es masoquista. Pero el supuesto masoquismo femenino es una fantasía sexual masculina. La mujer solo es masoquista desde donde el hombre la ve. Por eso muchos hombres se imaginan que el no es en realidad un .

Las violaciones grupales siguen la lógica de las perversiones sexuales. En primer lugar, porque el acto, a menudo, no es impulsivo: es planificado y buscando un escenario y unas condiciones predeterminadas. Este escenario toma a menudo su referencia en el paradigma del porno falocéntrico que difunde una imagen de la mujer que supuestamente goza en el sometimiento.

La pasividad que encontramos en la víctima (de La Manada, por ejemplo) deriva de la angustia. Es lo que el Tribunal Supremo ha calificado de «intimidación ambiental». Si el miedo activa una reacción defensiva, la angustia paraliza y puede llevar al estupor, a la pasividad inerme. La violencia sexual grupal busca producir precisamente este efecto de cosificación. La degradación extrema de la víctima es la condición para obtener su goce. Por otra parte, la exhibición posterior de la hazaña forma parte del guion. Por eso en un número importante de casos la escena es grabada y difundida.

La proliferación de casos de violencia sexual grupal contra las mujeres, más allá de la influencia del porno y del efecto contagio, parece apuntar a una dialéctica que articula la cobardía masculina, frente a la mujer autónoma, con el auge de la perversión. La perversión de aquellos que solo pueden enfrentarse a una mujer degradándola y diluyéndose en el grupo.

Por Manuel Fernández Blanco Psicoanalista y psicólogo clínico

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