Baremos para juzgar a un rey


Felipe de Borbón y Grecia empezó a prepararse para el oficio de rey en el mismo momento en que nació. Cuarenta años después, un profesor universitario llamado Alfredo Pérez Rubalcaba tuvo una larguísima conversación con él en la Zarzuela. Al salir, certificó al entonces jefe de la Casa Real: «Tenemos rey». Rubalcaba lo descubrió debidamente instruido, conocedor del país donde iba a reinar, informado de la sociedad y sus problemas, documentado sobre la situación del mundo y con sentido de su responsabilidad para pilotar el Estado. Evidentemente, teníamos rey.

Cuando heredó el trono, no podía encontrar un panorama peor. España trataba de salir de la crisis económica con grandes sacrificios de la sociedad, pero sufría de lleno todas las demás crisis: la social, la territorial, la ética y la institucional. La Corona atravesaba uno de los momentos más bajos en su prestigio, porque la corrupción (Urdangarin) la había tocado, el rey padre había tenido que pedir perdón por un error personal y la monarquía había perdido su virginidad: había pasado de ser inmaculada a estar bajo sospecha, con un gran monarca que se vio obligado a abdicar.

Así comenzó Felipe VI su reinado. Cinco años después, no llegan al 1 por ciento los españoles que califican a la Monarquía como un problema. El nuevo rey conocía el déficit de imagen de su familia y se propuso superarlo comprometiéndose con la ejemplaridad. Sabía de la caída de prestigio de la Corona y se propuso recuperarlo con transparencia y austeridad. Era consciente del estado de opinión que considera anticuada a la monarquía y se empeñó en modernizarla. Y se encontró con un difuso clima republicano y renovó el objetivo de su padre: que no haya diferencias entre los valores de una república y los valores de una monarquía constitucional.

Nada le resultó fácil. Más de la mitad de sus cinco años de reinado tuvieron gobiernos inestables, con tres elecciones generales, seis rondas de consulta y una moción de censura. Y lo más grave: la cuestión catalana se agravó hasta redactar una declaración unilateral de independencia. Su foto fue quemada en manifestaciones y retirada de ayuntamientos en Cataluña. Su persona fue objeto de desplantes del presidente de la Generalitat y declarada non grata en varios municipios. Él asumió el papel de defensor de la Constitución en un memorable discurso el 3 de octubre de 2017. Hoy es de común aceptación que el rey representa perfectamente -y de ahí los ataques independentistas- su función de símbolo de la unidad del Estado.

Creo que para valorar su figura y su papel durante estos cinco años hay que fijarse en estos baremos: utilidad a la nación, profesionalidad, comportamiento ético, reconocimiento de su autoridad, contribución a la estabilidad en medio de las crisis, neutralidad ante las fuerzas políticas y moderación institucional. Creo que en todo merece un sobresaliente. Por poner un pero, puede y debe mejorar en cercanía a la sociedad. Sobre todo, porque es fácil, incluso inevitable, compararle con la campechanía de su padre.

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