El mal perdedor


Manuel Valls tiene una acreditada fama de perdedor. Llegó a primer ministro y contaba con la bendición de Hollande para sucederle en el Elíseo. El sueño del hijo de emigrantes barceloneses forjado entre la élite gala saltó por los aires con las promesas de regeneración y progreso de un Macron al que casi siempre despreció y que acabó rechazando su oferta de colaboración.

Valls se había quedado sin hueco en las primarias socialistas desplazado por un ultraizquierdista como Benoit Hammon, que tenía el favor de las bases, pero que a duras penas cosechó el 10 % de los votos en las elecciones que encumbraron a Macron haciendo buena la frase de que el mejor candidato de los militantes casi nunca es el mejor aspirante para los ciudadanos.

Valls huyó a Barcelona para hacer una gran plataforma europeísta y frenar al populismo y el independentismo, las dos grandes amenazas del proyecto común, según él mismo. Y acabará este sábado apoyando al perfecto emblema de ambas: Ada Colau, que además ha demostrado ser incapaz de gestionar. Si en Francia traicionó a su partido, aquí destrozará a Ciudadanos. Los únicos que se fiaron de un mal perdedor.

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