El hombre que lo oía todo


Alfredo Pérez Rubalcaba presumía de ser un corredor de fondo de los de antes de que existieran los runners. Tenía cuatro grandes pasiones en la vida: su mujer, Pilar, el Real Madrid, la educación en la que ejerció hasta el último de sus días como profesor universitario de Química, y, sobre todo, la política.

 Rubalcaba apenas cambió físicamente, más allá de unas pocas canas, en los más de treinta años en los que permaneció en la primera línea del poder en España. Empezó en las tripas de aquel PSOE que en 1982 prometía cambiar España «para que no la reconozca ni la madre que la parió», como anunció Alfonso Guerra, y lo fue casi todo: ministro, vicepresidente, portavoz y candidato a presidente del Gobierno. Hasta que dimitió porque 110 diputados le parecieron una debacle indigna que merecía ser castigada con su cabeza.

En esos más de treinta años acumuló un sinfín de improperios de sus rivales, que estos días le dieron el mejor de los tributos: reconocer su valía como hombre de Estado capaz de entenderse con todos.

Porque esa era su principal virtud. Podía mantener una negociación abierta de forma casi eterna, hasta que aparecía alguna solución capaz de desbloquearla. Como ministro del Interior acrecentó su perfil de bestia negra de la oposición, que durante meses tembló tras una intervención en el Congreso: «Yo lo oigo todo», que desató una fiebre de sospechas sobre todo tipo de escuchas.

Se fue en silencio y con discreción, como le gustaba moverse entre las bambalinas del poder. Nunca quiso volver a la primera línea, pero no se escondía cuando le preguntaban por cualquier polémica. Su vuelta a la universidad nunca le alejó de la gran política. Muchos echarán de menos los consejos de quien fue uno de los testigos de la Transición.

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