Aquí no se dan lecciones de constitucionalismo

Marchena frena en seco a un testigo que pretendía explicar la autodeterminación a los magistrados del Supremo: «Eso es un insulto a los miembros del tribunal»

El catedrático Enoch Albertí fue reprendido por Marchena cuando divagaba sobre el derecho de autodeterminación
El catedrático Enoch Albertí fue reprendido por Marchena cuando divagaba sobre el derecho de autodeterminación Tribunal Supremo

redacción / la voz

A las diez de la mañana una imagen reflejaba el ambiente relajado que se respiraba en la sala donde se juzga el 1-O. Joaquim Forn, ex consejero de Interior, estaba sentado en la primera fila de la bancada de los acusados. Tenía las manos en los bolsillos y las piernas cruzadas. Sonreía y balanceaba el pie izquierdo con soltura. Parecía que, más que plantado en el banquillo del Supremo, se iba a levantar en cualquier momento a pedir otra ronda. ¿Por qué tanta distensión? Porque en la sesión de este jueves volvían a hacer el paseíllo por la silla de pensar los testigos de la defensa. «Es uno de los nuestros», debió de pensar Forn cuando vio acomodarse a Antoni Millet, uno de los responsables de Diplocat. ¿Qué podía salir mal?

Según la versión de Millet y los otros directivos de la entidad, más que una trama de embajadas secesionistas funcionando en paralelo al servicio diplomático del Reino de España, Diplocat era una especie de asociación cultural -como unos boy scouts indepes- que se dedicaba a organizar calçotadas en Bruselas y retiros espirituales para guiris en el monasterio de Montserrat.

Pero no todo fueron sonrisas en la sesión. El magistrado Marchena tuvo que volver a plantar las puñetas sobre la mesa y hacerse fuerte en la presidencia para frenar el intento de algunos de los testigos de convertir sus declaraciones en divagaciones más demagógicas que jurídicas. Así sucedió cuando Enoch Albertí, catedrático de Derecho Constitucional y autor del llamado Libro blanco sobre la transición nacional, empezaba a desbarrar sobre el mal llamado derecho de autodeterminación. «No podemos permitir que el juicio se convierta en una lección de un constitucionalista a los magistrados del Tribunal Supremo, eso es un insulto a los miembros del tribunal», zanjó de un solo tajo el juez, que cada día agiganta su figura como protagonista del proceso.

También se llevaron lo suyo los catedráticos Gerardo Pisarello y Jacint Jordana, o la alcaldesa Mayte Aymerich, que trataron sin éxito de convertir sus intervenciones en mítines de baratillo. Y Albert Boada, concejal de la CUP en Sabadell, tuvo que quedarse en la puerta de la sala de vistas por vestir una camiseta en la que se podía leer «libertad presos políticos». La línea roja establecida por el tribunal son los lazos amarillos que lucen algunos de los encausados. Por ahora, las camisetas dormirán en el ropero. Salvo la del ex parlamentario cupero David Fernández, que amagó con no contestar a los abogados de Vox por formar parte de lo que definió como la «extrema derecha ruin y mezquina». Pero en esto llegó Marchena y mandó parar. Le explicó las consecuencias penales de negarse a prestar declaración. Y Fernández, ya más suavizado, cantó.

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