Carles Puigdemont admite que es «posible» una solución alternativa a la independencia

El expresidente catalán asegura a un diario belga que está dispuesto a aceptar «la realidad de otra relación con España»

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Madrid

El presidente destituido de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, asegura en una entrevista al diario belga Le Soir que una solución diferente a la independencia de esa comunidad autónoma es «siempre posible».

«¡Siempre es posible! ¡He trabajado durante treinta años para obtener otro anclaje de Cataluña en España!. Hemos trabajado mucho en eso, pero la llegada al poder del señor Aznar detuvo esa senda», afirmó al periódico francófono el político catalán, quien insiste en estar dispuesto a aceptar «la realidad de otra relación con España».

Así, Puigdemont se muestra a favor de un acuerdo con el Gobierno central, pero subraya que el origen de la crisis actual se encuentra en 2010, cuando el Tribunal Constitucional declaró inconstitucionales varios artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña.

«¡El origen de todo esto es la invalidación en 2010 del Estatuto de Autonomía que había sido adoptado por los parlamentos catalán y español! ¿Sabe cuántos diputados independentistas había en ese momento en el Parlamento catalán? ¡14 de 135!. Ahora se han convertido en 72. El responsable del crecimiento del independentismo es ante todo el Partido Popular», comenta el expresidente.

Carles Puigdemont y los cuatro exconsejeros que también se encuentran en Bruselas deberán comparecer el próximo viernes 17 de noviembre ante el juez belga de primera instancia que debe decidir si ejecuta la euroorden de entrega a España.

Los 15 días que acabaron con el «procés»

Gonzalo Bareño

La vía judicial ha sido más efectiva en dos semanas para reconducir el desafío secesionista que cinco años de debate político

Después de cinco años en los que el llamado proceso independentista avanzó a cámara lenta, generando conflicto y problemas de convivencia en Cataluña, pero sin producir cambios reales en el marco político e institucional, los acontecimientos se han sucedido a tal velocidad en los últimos días que a veces falta tiempo para mirar atrás con serenidad y comprobar la dimensión de su fracaso.

Hace poco más de dos semanas, el independentismo gobernaba cómodamente en Cataluña y disponía de mayoría absoluta en el Parlamento autonómico, tenía en su mano la economía, el boletín oficial, el mando de las fuerzas de seguridad y la posibilidad de convocar unas nuevas elecciones de las que probablemente habría salido reforzado. Pero en 15 días, los que han transcurrido desde el golpe de mano de Rajoy disolviendo el Parlamento catalán y llamando a las urnas de inmediato, la Justicia y la torpeza política de Carles Puigdemont han hecho que el independentismo se encuentre dividido como nunca; despojado de todo su poder en Cataluña; obligado a acatar unas elecciones estrictamente autonómicas; con la que fue el máximo símbolo de la desobediencia civil abrazando la Constitución y renegando de la república catalana; con el exvicepresidente de la Generalitat y siete exconsejeros a punto de hacer lo mismo para salir de prisión y con el expresidente huido de la Justicia, desprestigiado internacionalmente y cada vez con menos apoyos en Cataluña. El independentismo no ha desaparecido -ni desaparecerá nunca, probablemente, ni tiene por qué hacerlo-, pero el procés está muerto.

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