La crispación toma las calles

Escraches e insultos en medio de la gran manifestación que acogió Barcelona con motivo de la huelga


La Voz en BARCELONA

La tranquilidad robada por los independentistas a las calles de Barcelona el 1-O asomó a primeras horas de ayer. Era una falsa ilusión tras una tensa noche con escraches frente a comisarías de policía por toda Cataluña y hoteles donde se alojan los agentes. Una realidad subvertida.

Desde las 9 horas, grupos de todas las edades retomaron sus banderas. Esteladas con mástil o atadas al cuello. Alguna ikurriña rompía la uniformidad. Participaban con la excusa de una huelga general «oficial», «paro del país», hecho nunca visto, en las movilizaciones callejeras orquestadas por las CUP y desde la Generalitat, escondiéndose tras sindicatos minoritarios como la CGT, de comportamientos extraños como CC.OO. -su líder en Cataluña, Javier Pacheco, había dicho que no contaran con él- y UGT, cuyo líder, Camilo Ros, es de ERC. Pero también el Gobierno de Carles Puigdemont se parapeta tras las entidades autodenominadas cívicas, ANC y Òmnium Cultural, a las que algunos bautizaron como «el club de subvencionados de los amigos de los independentistas». Semillas del secesionismo que han germinado, como las plantadas en época de Pujol en collas (centros de excursionismo y locales culturales) por toda Cataluña.

El caminar hacia el centro se hace dificultoso. El gentío avanza entre gritos de «democracia» y «las calles siempre serán nuestras». Son auténticos torrentes por la Gran Vía, pero también por las calles transversales, muchas cortadas al tráfico. Todos quieren estar en la plaza de la Universidad, la plaza Cataluña o la vía Laietana, en el acoso a la Jefatura Superior de Policía, pero también ante las sedes del PP y de Ciudadanos. La prensa ajena es considerada enemiga. «Ten cuidado», me advierte un agente. «Esto se le ha ido de las manos hasta a la Generalitat», comenta un hombre que camina en sentido contrario al gentío. Me lee el pensamiento. Ni en los años setenta en Barcelona, en plena transición, había vivido esto. El enjambre que me rodea me produce algo más que respeto.

Tiendas y bares han bajado la persiana mayoritariamente. Las cafeterías que quedan abiertas están abarrotadas, como las calles. Un grupo pasa delante de un Mercadona, que ha decidido abrir hasta las dos de la tarde, y sus empleados son increpados. Se ha vuelto peligroso disentir de la multitud. Ajenos, al menos aparentemente, a lo que sucede son los negocios regentados por ciudadanos chinos. Son muchos en el Ensanche de Barcelona, sobre todo peluquerías y pequeños bares; muchos, traspasados por gallegos. Otros, tiendas de frutas y verduras, en manos de paquis, han cerrado, y eso que abren incluso los domingos, día y noche.

La discrepancia se paga

La situación es insólita. El Gobierno catalán fijó unos mínimos en el transporte del 25% en horas punta y forzó la paralización de los servicios públicos para el resto del día. ¿Querían una muchedumbre por las calles? Hasta dijeron que no descontarían de la nómina al funcionario el día no trabajado. Algunos empresarios pactaron con la plantilla el cierre y en industrias como Seat apenas se notó el paro.

La discrepancia con los radicales se paga. A la alcaldesa de Hospitalet, que no cedió locales para la votación, los de la CUP la presionan con escraches ante al consistorio. Piden su dimisión. Buscan la anarquía.

Mi teléfono hierve. Como los manifestantes. Ayuntamientos como Tárrega, Cerdanyola, Gelida y Figueras han retirado las banderas españolas que deben ondear en el consistorio por ley. La comisaría de esta localidad, como otras, ha desalojado al personal que estaba en su interior y ha tenido que cerrar. En su fachada, una pancarta: «Fuera las fuerzas de ocupación». Los agentes tienen que tener cuidado, ir de paisano. Nada de patrullar con uniforme. No doy crédito. Siempre me sentí protegida al lado de un uniformado. Gente buena, que la hay, ofrece su casa a los guardias civiles considerados «apestados» por los independentistas, los que claman por protestas pacíficas.

«Los agentes están como ratas escondiéndose», afirma el portavoz de la SUP Ramón Cosío. «La situación es muy grave», valora al denunciar la falta de intervención de Interior o las autoridades autonómicas. «Yo esta persecución no la he vivido nunca», dice, y concluye soltando que el Estado está camino de perder «el control de la seguridad». Pánico.

Cortes de tráfico

Más de 50 carreteras cortadas, como la N-2, que va de Barcelona a La Junquera, la AP-7 en la frontera gala, con tractores, camiones y masas de gente. La escena se repite en los pasos fronterizos de Camprodón y Puigcerdá, y más tarde en La Junquera. Solo queda abierto Portbou. La actividad en los puertos de Barcelona y Tarragona, parada por los estibadores. Dos vehículos de la Guardia Civil acorralados por independentistas en una gasolinera en la N-2 en Gerona, escraches ante comisarías por toda Cataluña y las sedes del PP y Ciudadanos. Cientos de bomberos protestan ante la Delegación del Gobierno en Barcelona. Junqueras llama a la calma. ¿Se le han ido de las manos las masas? Su compañero en Interior en la Generalitat, Joaquim Forn, le dice al ministro Zoido: «Lo mejor es retirarse». Me pregunto quién y a dónde. «Esto se está convirtiendo en el País Vasco en sus tiempos», me comenta un policía nacional. Y se queja: «Estamos desamparados, es difícil controlar estas situaciones», apunta. «¿Que la fuerza fue desmesurada?, seguramente sí, y me duele. Una amiga de mi hijo que ha dormido en casa varias veces resultó herida. ¡Cómo no vamos a sentirlo!».

«Hoy es una jornada de protesta cívica y digna. No os dejéis llevar por las provocaciones», dice Puigdemont. Es una realidad paralela. «El mundo lo ha visto: somos gente pacífica», añade.

Son las 21 horas y la muchedumbre no descansa. La protesta enlaza con las palabras del Rey a los españoles, a todos. Pero los independentistas no escuchan. No quieren oír. Pitidos de coches, y desde los balcones, sartén en mano, inician la cacerolada que desde hace días era habitual a las diez.

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