Entre la intolerancia y la mentira


Se empieza riendo la gracia al payaso y se acaba siendo gobernado por un Donald Trump cualquiera. Nadie niega el derecho a la diferencia ni a expresar la discrepancia. Cada uno tiene derecho a ser y pensar como quiera. Y tiene derecho a que se le respete. Exactamente el mismo derecho que tienen los demás a ser respetados. Eso explica que el espacio colectivo se fundamente en las renuncias. Que no son dejar de ser lo que uno es, sino permitir que el otro sea también lo que es o quiere ser. Tenemos ya unas instituciones con suficiente poso democrático como para que le afecten protestas de cualquier tipo. A estas alturas, nadie va a rasgarse las vestiduras. Por eso, el desplante de los diputados de Unidos Podemos no pasa de una simple pataleta infantiloide que los retrata a ellos como unos intolerantes. Es legítimo cuestionar la monarquía, tanto como defenderla. Pero en lo de ayer hubo muy poco de crítica y mucho de desprecio a la jefatura del Estado, que es tanto como menospreciar a todos, al menos a todos los españoles que se sienten representados por el rey, que son la inmensa mayoría, aunque no todos sean por ello necesariamente monárquicos.

Pero lo peor no es la desconsideración, sino el argumentario político. En su demagógica línea habitual de contraponer legitimidades (aquello de apropiarse la representación de la gente frente a la casta), ayer discutió la del rey y la consideró subordinada a la suya, porque él ha sido votado y el monarca, no. Una falacia populista más, porque la legitimidad de la monarquía proviene de una Constitución que fue masivamente refrendada por los españoles. Así que ambos han sido votados.

Pero así se escribe ahora la política. Da igual que el discurso no se ajuste a la realidad de las cosas. Lo que importa es que sea coherente con un relato simplista de buenos y malos, que es lo que cala en la gente. Aunque sea todo falso. No hace falta que sea verdadero, solo que lo parezca. A eso lo llaman ahora posverdad, cuando lo cierto es que es pura mentira. Con ese engaño, con esa pose antisistema, se pueden ganar elecciones, como ha hecho Donald Trump. Pero no se resuelven los problemas de los ciudadanos. Al contrario, se agudizan.

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Entre la intolerancia y la mentira