Rita Barberá, del caloret a los 7.000 euros


Fue la alcaldesa de España. Y la oían. Vaya si la oían. Imposible no reconocer esa voz aguardentosa y campechana. La escuchaban. Vaya si la escuchaban. Mandaba mucho. Era una triunfadora. Portaba un aura a su alrededor. Parecía una diosa (menor). Le rendían culto en una era refulgente y, a la vez, oscura, de dinero fácil y escaso respeto por la ley y el patrimonio de todos.

No supo retirarse a tiempo. Su caso supone un fenomenal ejemplo de la tesis del ensayista Moisés Naim: en el siglo XXI es muy fácil perder el poder. ¿O no?

Primero ardió en la hoguera de las redes con aquel achispado discurso del caloret. Después logró una amarguísima victoria en las municipales del 2015. Fue la más votada pero perdió diez concejales. Dijo adiós al bastón de mando en Valencia y, con las bendiciones de Rajoy, abrazó un supuesto retiro dorado en ese cementerio de elefantes que es el Senado.

La sombra de la corrupción la siguió hasta Madrid. Cuando la justicia cercó a casi todo su entorno político, se encastilló, bendecida una vez más por el presidente. Cuando el PP la repudió, volvió a encastillarse. Olvidadas las siglas, se amarró al escaño. Y, hecho histórico, convirtió en trending topic al grupo mixto de la Cámara Alta. Con 7.000 euros al mes de renta. Y que hablen en las redes del caloret.

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Rita Barberá, del caloret a los 7.000 euros