Dilemas


El PSOE puede tener poderosas razones para decir no al PP. De entrada, es bueno para el país que haya una alternativa al Gobierno. Porque de lo contrario se alentarían propuestas demagógicas e inviables. Además, la respuesta del PP a la corrupción ha sido manifiestamente inadecuada y su regeneración, muy insuficiente. Finalmente, la forma en que los populares han gobernado, de espaldas al resto de los partidos, convierte en algo especialmente doloroso darles apoyo.

Pero no siempre es bueno hacer lo que se quiere. A menudo, la responsabilidad nos obliga a anteponer el deber al querer, porque hay que saber medir las consecuencias de nuestros actos, que pueden ser terriblemente dañinas. Así que muchas veces hay que escoger entre lo malo y lo menos malo. Ese es el dilema del PSOE, que debe elegir entre lo malo, dejar que gobierne el PP, y lo peor, unas nuevas elecciones. Porque no hay otras opciones reales. La elección es endiablada y explica que los votantes socialistas se encuentren tan divididos. Pero es obligación de sus dirigentes optar por lo que conviene, no lo que interesa, y después hacer la pedagogía necesaria para convencer a los suyos. Porque los buenos líderes abren el camino; los malos, simplemente se dejan llevar. Pero el PSOE tiene un grave problema, la disputa por el liderazgo. Dejar gobernar al PP sería traumático, y eso requiere un partido cohesionado. Ahora mismo nadie quiere asumir el coste de una decisión así por miedo a que le muevan la silla. Otro dilema, que refuerza al anterior, y que mantiene a los socialistas peligrosamente paralizados.

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