Donde dije...


Hay una visión cínica de la política que hace un daño terrible a las instituciones y a la democracia misma. Es aquella que se corresponde con el pensar popular de «son todos iguales; hablan mucho, pero al final hacen lo mismo». Es una ingenuidad ver la política exclusivamente como una cuestión de principios. Pero entre el sentido de la oportunidad y el oportunismo hipócrita media un abismo. Y por él se despeña la credibilidad de los partidos. Por una cuestión de incoherencia y, aún peor, por lo que supone de falta de respeto a los ciudadanos. El PP no puede seguir jugando con la idea de que el tiempo todo lo borra y el olvido es el perdón. Es evidente que el formato del pleno de investidura instaurado por Patxi López beneficia políticamente al candidato, entonces Pedro Sánchez ahora Mariano Rajoy. Pero tampoco es trascendente y siempre hay argumentos válidos para defender una u otra ordenación. Lo criticable es que se defienda cuando le beneficia a uno aquello mismo que se descalifica agriamente cuando favorece a otro. Ese doble rasero es inaceptable, especialmente cuando llueve sobre mojado. Los populares están dándole la vuelta como un calcetín a todos los argumentos que utilizaron para rechazar la investidura de Sánchez. Lo que entonces era blanco ahora es negro, y viceversa. Como demuestran los países anglosajones, la democracia exige estabilidad en los procedimientos, para que nadie pueda jugar con ellos en función de intereses particulares. Que es lo que ocurre con demasiada frecuencia en España.

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