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De presidenta a presidente. Rajoy está un paso más cerca de renovar el alquiler en la Moncloa tras su éxito en la elección de su amiga Ana Pastor como tercera autoridad del Estado. El líder del PP ha demostrado una vez más su capacidad de sustraerse del ruido ambiente y moverse a su particular ritmo, ajeno a la agitación a su alrededor, para acabar consiguiendo sus propósitos. Su acercamiento a Ciudadanos le ha permitido, de una tacada, recuperar la presidencia del Congreso, sumar una mayoría en su órgano de gobierno que no tienen en la Cámara y, sobre todo, sentar las bases para obtener finalmente el apoyo del partido de Rivera en la investidura. Además, el respaldo, aunque clandestino, de los nacionalistas prueba, primero, que las cosas no siempre son lo que parecen y que a menudo las peleas públicas ocultan arrumacos en la intimidad, y segundo, que Rajoy tiene margen para lograr la mayoría que necesita. Pero tiene que ponerse a ello. No se trata de implorar que le dejen gobernar, sino de trabajar para conseguirlo. Como ha hecho con la presidencia del Congreso. Y si, de paso, se reconduce el desafío secesionista, miel sobre hojuelas.

No hay mejor ejemplo de las bondades del diálogo que Albert Rivera. Cuarta fuerza política y con menos escaños, ha salido reforzada al situarse segunda en la Mesa del Congreso. Y en su condición de eje, dispondrá de un enorme poder para inclinar las decisiones hacia un lado o el otro. Toda una lección para Pedro Sánchez, que paga el precio de su negativa al diálogo. Asediado por Pablo Iglesias, que convierte su camino en un campo de minas, está tan obsesionado en intentar desactivarlas que pierde de vista el horizonte.

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