El precio del partidismo


La libertad de decidir sobre los asuntos que nos afectan a todos no se puede medir. Participar en el debate público, aunque solo sea con el voto, es algo tan consustancial a la esencia del ser humano que se convierte en un valor inconmensurable. Por eso, la democracia no tiene precio. Ciertamente, los regímenes no democráticos son más baratos. Es lo que tiene desentenderse de los ciudadanos, que se gasta menos. Pero de igual manera que nunca se debería dejar morir a nadie por dinero, jamás se podrá recortar la democracia por razones económicas. Ni de ningún otro tipo. Y menos porque alguien intente jugar con ella en beneficio propio. Los partidos son instrumentos esenciales de la democracia. Canalizan las inquietudes, problemas y necesidades de la población, impulsan el debate plural y aplican las respuestas que la mayoría considera más apropiadas. Y cada cierto tiempo se someten al examen de la ciudadanía, que decide si reitera su confianza en el Gobierno o si se la retira y prueba una alternativa. Esa es la función de las elecciones, y la esencia de la democracia es respetar esa decisión de los ciudadanos. Que es justo lo contrario de lo que se ha hecho. Nada justifica unas nuevas elecciones salvo el interés propio de los líderes políticos. El 26J se va a votar exactamente lo mismo, y a la misma gente, que el 20D. Un fraude en toda regla, un condenable desprecio a los ciudadanos. Un partidismo de la peor calaña, que es aquel que se apropia de la democracia, que la secuestra. Y así como no se puede recortar ni un euro en democracia, cualquier euro malgastado en su nombre debería ser delito. Por lo que malgastar una millonada debería estar penado con la inhabilitación. Porque si la democracia no tiene precio, sí sabemos el del partidismo: 160 millones. Y es un precio desorbitado, inadmisible.

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