El teatrillo


Pablo Iglesias ha pasado más tiempo en ruedas de prensa que sentado a negociar. Un indicador de qué es lo que realmente le interesa, que no parece ser formar un Gobierno. Salvo que sea el que él quiere. Pero, claro, eso no es negociar, eso es chantaje. Tanto afán por exhibir las cesiones antes de sentarse a hablar es propio solo de quien lo único que busca es una excusa para romper la baraja. Porque la voluntad negociadora no se mide por el número de renuncias. Se mide por algo muy distinto: por la capacidad para establecer un diálogo franco que permita identificar los problemas más acuciantes, deslindar lo importante de lo accesorio, y poner en común una respuesta compartida. Nada de eso ha hecho Podemos, que solo ha negociado consigo mismo. Pactada internamente su posición, de puertas afuera lo que exige es un contrato de adhesión. Pero, una vez más, eso no es negociar. Porque quien quiere negociar empieza por respetar a la otra parte no planteándole propuestas que sabe inasumibles. Y continúa por no despreciarla, que es lo que Pablo Iglesias ha venido haciendo tanto con el PSOE como con Ciudadanos.

Iglesias tiene derecho a descartar un pacto con Ciudadanos y a elevar el listón hasta donde considere en sus relaciones con los socialistas. Es su responsabilidad decidir cómo gestiona la representación de sus más de cuatro millones de electores. Nada lo obliga siquiera a sentarse a negociar. Puede atrincherarse en su rechazo al sistema, en la pureza de sus planteamientos y en la coherencia de un discurso sin aplicación práctica. Es el espacio habitual de una cierta izquierda, la que no aspira a gobernar, porque el poder exige un compromiso con la realidad, y ese compromiso conlleva siempre cesiones. El poder democrático es un pacto. Y el pacto interclasista es la esencia de la socialdemocracia, a la que tanto alude Iglesias. Pero, en realidad, no quiere gobernar. Lo suyo es un teatrillo para intentar superar al PSOE. Aunque eso afianzara en el Gobierno a Rajoy como Anguita hizo en su día con Aznar. Probablemente a él le baste. Está por ver qué piensan buena parte de esos millones de electores que lo votaron para propiciar un cambio.

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