A la carta


Nacer un 29 de febrero debe de marcar el carácter. Acostumbrado a convertir en normal lo excepcional, da la impresión de que Pedro Sánchez, que ayer cumplió 44 años, es el único que creía realmente que podía conseguir la cuadratura del círculo de obtener al mismo tiempo el apoyo, por activa o por pasiva, de Podemos y de Ciudadanos. Pinchado el sueño, llega la hora de enfrentarse a la realidad. Y la realidad sigue siendo la que era: que los partidos de Iglesias y de Rivera mezclan como el agua y el aceite.

El empeño de Sánchez en definir un espacio de encuentro reformista y progresista es loable en las circunstancias políticas actuales y entronca con la tradición del PSOE. Pero la ejecución ha sido desastrosa. Porque en su regate a los barones, se ató a una consulta interna que le ha estrangulado los plazos de negociación en el momento más inoportuno. Y porque, condicionado por su tacticismo, ha sido incapaz de ofrecer una propuesta coherente, que responda a una posición firme del PSOE, no adaptada al gusto del partido que tiene enfrente. No se puede elaborar un menú a la carta, porque puede llevarle a propuestas contradictorias y a asumir aquello en lo que no cree, como la supresión de las diputaciones. Una cosa es ceder en aras al acuerdo y otra distinta renunciar a los principios. Tampoco se puede negociar escondiendo las cartas, porque puede llevar a que los demás se sientan engañados. Ni se pueden sacar conejos de la chistera continuamente, porque se pierde toda la credibilidad. El equilibrismo de Sánchez se está convirtiendo en desorientación, y esta, si no la corrige, puede hacerle perder todo lo ganado el último mes.

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