Cordura


El Tribunal Constitucional, tantas veces vilipendiado y con unos jirones en su crédito ganados a pulso, ha impuesto en esta ocasión la cordura que a menudo escasea en la vida política. Ha reaccionado con racionalidad a las presiones externas y ha aplicado el rigor que nunca debe faltar en un tribunal de garantías. Gusten o no gusten las posiciones que defiendan algunos partidos, la política es el escenario del debate y de la discrepancia. Esa es la esencia de la democracia: que cada cual tenga libertad para expresar sus opiniones y defender su postura. Hurtar ese debate anticipando su resultado es terriblemente dañino para la democracia, como argumenta el tribunal. Tanto que sin ese debate, sin la libre expresión de las ideas, la democracia misma se torna imposible. Pero, en sentido contrario, la legitimidad del debate no justifica cualquier resultado ni cualquier acuerdo. Porque debe hacerse con respeto a las normas aprobadas por todos. La democracia es también el escrupuloso respeto a la legalidad vigente. Y quien se la salte, quedará desautorizado. Pero eso será en el momento que corresponda. De momento, estamos en la etapa del prohibido prohibir. Un eslogan del mayo del 68 muy socorrido en los tiempos de la transición y que viene bien recuperar en esta etapa en la que muchos hablan de una nueva transición.

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