La dramática herencia que lega Mas

El presidente en funciones de la Generalitat deja a Cataluña dividida, sin crédito, a merced de la CUP y a CDC destruida


MAdrid / La Voz

Artur Mas i Gavarró (Barcelona, 1956), falleció políticamente el pasado 27 de septiembre tras constatar que, una vez más, había fracasado. Pero, en realidad, lleva muerto en vida mucho tiempo. En concreto, desde que en el 2010 inició una desesperada huida hacia adelante para ocultar su errática gestión, que le ha llevado de ser el presidente de la Generalitat y líder de una potente fuerza nacionalista moderada, a estar desahuciado tras dejar a Cataluña dividida y en manos de un partido antisistema. Todo, en cinco años. El tamaño de su fracaso solo es comparable a su talento para negarse a sí mismo.

«El concepto de independencia lo veo anticuado y un poco oxidado». El mismo hombre que dijo esto en el 2002, acaba de inmolarse clamando por la independencia de Cataluña. Claro, que en el 2007 dijo también lo siguiente, en referencia a una hipotética consulta sobre la independencia: «Si para modificar una ley electoral exigimos los dos tercios de los votos del Parlament, ¿cómo no vamos a pedir también los dos tercios de los votos, el 66 %, para un referendo de este tipo?». Ahora, sin embargo, se declara legitimado para declarar la independencia de Cataluña con solo un 47,8 % de votos a favor y sabiendo que un 51,7 % de los catalanes está en contra.

Las elecciones como recurso

Para entender el tamaño de su hundimiento, hay que recordar que en el 2010, al frente de CiU, Mas ganó las elecciones y se quedó a solo seis escaños de la mayoría absoluta, lo que le permitía gobernar con comodidad. Y, a pesar de eso, solo dos años después disolvió el Parlamento para ocultar una calamitosa gestión económica y se presentó a las elecciones llevando en su programa la promesa de convocar una consulta sobre la independencia. ¿Resultado? CiU perdió 12 escaños. Mas pasó a estar mucho peor, con solo 50 diputados. Tuvo que echarse en brazos de ERC y aceptar todas sus exigencias. Y, a pesar de ello, se descalabró de nuevo. No pudo convocar el referendo prometido porque las leyes y el Constitucional lo prohibían. ¿Solución? Si, convocar otra vez elecciones.

Pero, una vez más, para ocultar su naufragio, tomó la insólita decisión de presentarse en coalición con ERC y redoblar su apuesta: declaración de independencia sin referendo. ¿Resultado? Catástrofe. La suma de los dos partidos obtiene el peor resultado desde 1980 y tiene solo 62 escaños, los mismos que tenía CiU sola en el 2010, antes de esta loca huida hacia adelante.

Destrucción de CiU y de CDC

Mas no tiene mayoría para gobernar y queda a merced de la CUP, un partido antisistema, anticapitalista, que propugna la desobediencia a las leyes y el impago de la deuda. Y, que, para mayor humillación, exige su cabeza y entierra su pretensión de hacer una declaración unilateral de independencia aclarándole que han perdido el plebiscito. Pese a todo, el todavía líder de CDC sigue hurgando en su chistera en busca de un último conejo que ya no aparece. Todo apunta a que es el final de la escapada. Y son sus propios compañeros de lista los que preparan su entierro.

Por el camino, Mas ha conseguido destruir la histórica y exitosa coalición de CiU; dejar a su partido, CDC, al borde la desaparición, ahogado en acusaciones de corrupción y con su sede embargada; convertir a Cataluña en la comunidad que más recortes ha aplicado, dejarla sin posibilidad de financiarse en los mercados exteriores, con el bono catalán a punto de ser declarado basura y peligrosamente fracturada en dos mitades irreconciliables, como no lo había estado nunca, y ser personalmente imputado por desobediencia. Y todo ello, sin haber conseguido uno solo de sus objetivos políticos. Una herencia digna de Atila.

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