Los monstruos de la voluntad


Para transformar el mundo no basta con quererlo, también hay que poder y saber. Cuando se pierde la noción de las propias capacidades y se confunden los deseos con la realidad pueden suceder las mayores tragedias, especialmente cuando se tiene poder para jugar con las ilusiones y los anhelos de la gente. Porque la voluntad ciega, el voluntarismo, produce monstruos. Y la historia está plagada de ejemplos. Lo peor del señuelo del independentismo que agita Artur Mas no es que sea ilegal, porque en política todo es posible siempre que se tenga la fuerza política necesaria para cambiar las cosas. Pero el independentismo no la tiene. Tiene mucha, sí, pero no la suficiente. Y en democracia la frontera entre mucho y bastante es decisiva. Con todo, lo más grave es que está ofreciendo a su pueblo como posible algo que sabe inviable. Porque ni la ley se lo permite ni nadie en el mundo se lo va a reconocer, y porque, además, carece de la fuerza política y popular para cambiar esa realidad. Así que, mal que le pese, el viaje a Ítaca no es un viaje al paraíso sino a la muerte. Y lo único que va a conseguir es engordar la bola de la frustración. Con el riesgo de que, cuando el sueño se desvanezca, el desengaño alimente el resentimiento y fracture aún más una sociedad ya divida en dos mitades equivalentes. Por eso, ya va siendo hora de que la sensatez sustituya al voluntarismo, el diálogo al inmovilismo, y todos recuperen el sentido de la responsabilidad para tender puentes allá donde ahora no hay más que trincheras. Porque también es cierto que la ley no puede ser una horma a la que deba amoldarse por la fuerza la voluntad de la mitad de los catalanes, ya sean los unos o los otros.

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