El peor de los escenarios


De todos los escenarios posibles, el que dibuja la encuesta del CIS probablemente sea el peor, porque no solo no despeja ninguna incertidumbre sino que agrava las existentes y crea otras nuevas. Resumiéndolo: sitúa Cataluña al borde de la ingobernabilidad, cuando el objetivo de unas elecciones es el contrario; no ofrece legitimidad política a un proceso de independencia, pese a que los secesionistas se amparen en una exigua mayoría de escaños para iniciarlo; y, como consecuencia del fuego de trincheras entre todas las opciones políticas, el riesgo de fractura social se acrecienta.

Artur Mas y sus compañeros de aventura han planteado estas elecciones como un remedo de un plebiscito. Ocurre que estos se resuelven contando votos, y, en ese caso, no solo vencerían claramente las candidaturas constitucionalistas, sino que sería la mayor derrota de los ahora secesionistas desde 1984. Con estos datos, iniciar un proceso de independencia, se venda como se quiera vender, sería un absoluto desprecio a la auténtica voluntad de los ciudadanos. No solo sería ilegal, es que carecería de legitimidad democrática alguna, por muchas triquiñuelas dialécticas que se intenten. Y esto nos lleva al segundo problema: el de una candidatura pensada exclusivamente para un único propósito: el de proclamar la independencia. Deslegitimado este, el nuevo Gobierno, en el supuesto de que se pudiera formar, pronto se diluiría como un azucarillo. Por las contradicciones internas de Junts pel Sí, pero aún más porque, para ser investido, Artur Mas necesitaría, además, el apoyo de la CUP, una formación de extrema izquierda que ha condicionado el proceso independentista a que logre al menos la mitad más uno de los votos, no de los escaños, y que siempre ha asegurado que no apoyaría a Mas como presidente. Es decir, lo único garantizado es la ingobernabilidad.

Pero lo peor de unos resultados así es que dan argumentos a todos para sentirse satisfechos e incluso triunfadores. Y eso es tanto como desincentivar la vía del diálogo, romper cualquier puente que pudiera levantarse y reforzar la guerra de trincheras en que se ha convertido la política en Cataluña. Un desastre y una desgracia que nos instalaría en este delirio y cegaría las puertas a cualquier solución de un problema que jamás debería haber llegado hasta aquí.

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