El Estado nunca le falla al independentismo

Artur Mas acaricia su sueño, la mayoría absoluta para iniciar el proceso de secesión, aunque necesite para su viaje la muleta de algunos diputados de las CUP


Artur Mas acaricia su sueño, la mayoría absoluta para iniciar el proceso de secesión, aunque necesite para su viaje la muleta de algunos diputados de las CUP. Por si acaso ya ha hecho saber que con el 51 % de los diputados le basta, aunque no sea equivalente a la mitad de las papeletas (un voto de Lérida pesa más que uno de Barcelona). Convencido de que la partida está ajustada, se prodiga en actos y entrevistas con la permanente confusión entre institución y candidatura. Se percibe que los independentistas están muy animados y confiados. Nadie lo ha resumido mejor que Carme Forcadell, la número dos de la candidatura de Mas y Junqueras: «El Estado español y el Tribunal Constitucional no nos fallan nunca; nos ayudan a dar pasos hacia la independencia». Y tiene razón. Instalados en la hipersensibilidad victimista, cualquier frase ajena desafortunada, o simplemente inoportuna, sirve para movilizar. Felipe González, en una entrevista de La Vanguardia matizaba su afirmación de que «lo que pasa en Cataluña es lo más parecido a la aventura alemana o italiana de los años 30». «En absoluto quería decir eso (que Cataluña haya entrado en una deriva fascista). Me preocupa que no se respeten las reglas del juego democrático por quien obtenga más votos». No comparte Felipe la afirmación de Alfonso Guerra de que «desde Cataluña se esté impulsando un golpe de Estado a cámara lenta», como tampoco compararía «España con la Alemania comunista, como ha hecho algún alto responsable de la Generalitat».

Hay frases desafortunadas que solo suponen echar gasolina al fuego pero, para desatino, la propuesta del PP de reforma urgente del Tribunal Constitucional para cerrar espacio a Mas. Eso a González le parece «una barbaridad», y a Duran, «hacerle el juego al independentismo». Es verdad: el Estado, o el PP, o Madrid, para abreviar, no falla nunca, A muchos catalanes, aunque no sean independentistas, el exceso verbal, o esas maniobras jurídico-políticas desafortunadas, les hiere y excita. Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, insiste en que «el PP es una fábrica de independentistas». Y por cierto, ¿qué estratega decidió la fecha de presentación de esa reforma sabiendo que ese mismo día Mas comparecía para responder a preguntas sobre la corrupción en Convergència? Madrid no falla, es verdad, porque ni la propia Generalitat hubiera buscado mejor noticia para tapar la comparecencia de Mas.

Contrasta esa torpeza con el acierto de programar, con solo horas de diferencia, las advertencias de Merkel y de Cameron de que Cataluña, si se separa de España, quedará fuera de la Union Europea. Al menos por algunos años. Eso duele mucho, porque Cataluña siempre fue muy europeísta y porque tiene una traducción económica evidente. Estar fuera de España y de Europa costará más dinero a los ciudadanos y a los empresarios catalanes. De ahí que Josep Lluís Bonet, presidente de Freixenet y de las Cámaras de Comercio de España, pida a los «empresarios que hablen claro a sus empleados para que, cuando lleguen los problemas, no les puedan echar en cara que a ellos no se les avisó de las consecuencias de la secesión».

A veinte días de las urnas, comienzan a oírse voces disonantes con el inflamado discurso oficial en favor del independentismo. La carta de González a los catalanes causó un gran impacto y le siguió otra carta de Duran «a Felipe González.... y a los catalanes», que, salvo la línea sobre Alemania e Italia, venía a coincidir en la posibilidad de establecer un diálogo para solventar este problema. A Felipe no le importaría que la Constitución incluyera el reconocimiento de Cataluña como nación a cuenta de su historia y su lengua, pero siempre dentro de España, declaración que enerva a sus correligionarios andaluces. Duran se ofrece como puente para esa negociación y alguna encuesta empieza a reconocer que su opción puede ser amplio refugio para los nacionalistas que no quieren la independencia. Con todo, la clave sigue estando en la participación en el área metropolitana de Barcelona. Para combatir la abstención, el activismo de Josep Borrell, que tiene ya veinte entrevistas pedidas sobre su libro Las cuentas y los cuentos de la independencia, puede ser vital. Prepárense para unas semanas de vértigo. Esto va muy en serio.

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