Mascarada


Hay un momento en el que no queda otro remedio que quitarse la careta. Y eso es lo que ayer hizo Artur Mas. En realidad, no busca, como argumenta, el reconocimiento de la voluntad del pueblo catalán, sino el hacer pasar por mayoritarios los deseos de una minoría de la sociedad. No hay otra explicación posible a que considere que la mitad más uno de los escaños son aval suficiente para la independencia. Unos resultados que suelen conseguirse con aproximadamente el 40 % de los votos emitidos y entre un 25 % y un 30 % del censo electoral, según los casos. Es decir, un respaldo menor que el previsto en la Constitución para iniciar el proceso autonómico (que requería la mayoría del censo). Y que el exigido para reformar la Constitución o para designar a los miembros del CGPJ o del Constitucional, que necesitan mayorías cualificadas de tres quintos de los escaños. Pues bien, según la enloquecida aritmética de Artur Mas, todo esto vale más que la independencia, que la ruptura de siglos de historia común. Suficientemente ilustrativo. Y si no, bastaría recordar la ley canadiense -que exige una pregunta y una mayoría claras para plantear la secesión, en un proceso tutelado por el Parlamento- para que la mascarada de Mas quedara en evidencia.

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