Según se acerca la nueva fecha de su hoja de ruta independentista, las elecciones del 27S que pretende sean plebiscitarias, el escenario se le va complicando progresivamente a Artur Mas. Hace unos días, él mismo constató que «el turbo de la ilusión soberanista ha bajado un poco de revoluciones». Y ese descenso lo midió ayer el CIS catalán, que dictaminó que ya hay una distancia de siete puntos entre los que rechazan la independencia y quienes la defienden, cuando hace seis meses existía prácticamente un empate técnico. Recordemos que en el simulacro de referendo del 9 de noviembre solo 1,8 millones de catalanes votaron por la independencia, un tercio del censo. Estos datos contundentes deberían hacer desistir al presidente catalán de su huida hacia adelante. Ningún gobernante mínimamente serio contemplaría la posibilidad de la secesión sin contar con una amplia mayoría social a favor. Pese a que quiere convertir el 27S en unas elecciones plebiscitarias, algo que no existe en nuestro ordenamiento jurídico y político, los catalanes están mucho más preocupados por el paro que por su obsesión identitaria, como reiteran una y otra vez en las encuestas.
Lío en el bloque soberanista
Pero es que, además, el surgimiento de Podemos está debilitando el bloque independentista. Pablo Iglesias se ha declarado en contra de la separación, aunque es partidario de que los catalanes puedan decidir su futuro en una consulta. A esta cuña que se ha introducido en el sistema de partidos catalán se suma que el PSC ha renunciado en su programa electoral al derecho a decidir. Mientras tanto, las formaciones soberanistas parecen desconcertadas y siguen sin decidir cómo concurrirán a las elecciones, si de manera separada, en una lista única o incluso en una candidatura sin partidos.
Pero a Mas no le importa darse de bruces con la realidad ni dividir aún más a la sociedad catalana y mantiene su órdago.