El amargo fin de una ambición

Monedero no supo adaptarse al creciente pragmatismo de Podemos


MAdrid / La Voz

«Una persona de mi perfil sería buena para Madrid». En octubre del 2014, a siete meses de las elecciones municipales, Juan Carlos Monedero Fernández-Gala (Madrid, 1963), el mismo que ayer criticó la obsesión de sus compañeros por tocar poder, se postulaba ya así de abiertamente para ser el candidato de Podemos a la alcaldía de Madrid. Pese a ser uno de los cinco fundadores de la formación, era todavía poco conocido, dado que todo el protagonismo estaba en manos de Pablo Iglesias. Su progresiva exposición mediática confirmó que, al contrario de lo que él pensaba, no era el hombre adecuado para ocupar ese cargo ni probablemente ningún otro. Inteligente, culto y mordaz, pero sin la capacidad para la empatía y la elocuencia de Iglesias, Monedero, hijo de un tendero que vota a Esperanza Aguirre, ha dedicado mucho tiempo, antes incluso de crear Podemos, a construir su personaje. Su despliegue gestual, su sempiterno chaleco, sus gafas, y su radicalidad y vehemencia en el debate lo alejan de otros dirigentes como Pablo Iglesias, Íñigo Errejón o Carolina Bescansa, que han hecho de la contención gestual, el posibilismo y el autocontrol su seña de identidad. Pese a ser politólogo como Iglesias, Monedero fue siempre un hombre de acción, más que de partido. Atraído por los focos, inclinado a epatar y capaz de extravagancias como alternar habitualmente con la celebridad de la prensa del corazón Carmen Lomana, Monedero, perteneciente a una generación distinta a la de los jóvenes dirigentes del partido, nunca acabó de encajar en el grupo ni supo asumir la deriva pragmática y moderada que fue tomando Podemos a medida que crecía en apoyo popular. Su tensión con Iglesias, al que llama «Pablito» siempre que puede para tratar de evidenciar su ascendencia sobre él, era evidente desde hace ya mucho tiempo.

La constatación de que había ingresado 425.000 euros por un supuesto trabajo realizado mientras era profesor de la Universidad Complutense para los Gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador y que nunca ha presentado, de que facturó ese pago a través de una empresa sin trabajadores creada ex profeso para ello y de que declaró incorrectamente a Hacienda esos ingresos a través de esa sociedad, en lugar de hacerlo en el IRPF, marcó su ocaso en Podemos. Tras hacerse público el escándalo, pagó voluntariamente 200.000 euros al fisco para evitar una sanción mayor por un caso que sigue bajo investigación. Pese a ser defendido públicamente por sus compañeros, fue apartado de la actividad pública y los actos del partido. Durante estos meses, cada vez que ha salido a la calle ha sido señalado y en muchas ocasiones insultado públicamente, algo que ha terminado por minar su confianza en que podría recuperarse de ese golpe. Pero, al margen de sus problemas con Hacienda, Monedero fue siempre la pieza más vulnerable de Podemos debido a su pasado como estrecho asesor del venezolano Hugo Chávez y sus polémicas declaraciones realizadas antes del nacimiento del partido, como aquella en la que aseguró que la Policía distribuyó heroína entre la juventud vasca como parte de una estrategia para acabar con el apoyo a ETA. Su amarga despedida, con durísimas críticas a sus compañeros, demuestra la dificultad de construir en poco tiempo una estructura de partido capaz de superar unida los debates internos y las adversidades políticas.

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