Entre el medio fiasco del 9-N y la irrupción mediática de Podemos y de Ciudadanos, hay quien cree en Madrid que lo de la separación de Cataluña pasó a mejor vida. Craso error.
26 abr 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Entre el medio fiasco del 9-N, en el que a los independentistas no les salieron las cuentas como esperaban, y la irrupción mediática de Podemos y de Ciudadanos, hay quien cree en Madrid que lo de la separación de Cataluña pasó a mejor vida. Craso error. Empresarios y banqueros catalanes que se la juegan en España advierten de esa peligrosa sensación. «En los despachos del poder en la capital ya no se habla del problema catalán porque lo que les da miedo ahora es Podemos, pero esto rebrotará enseguida», aventura un directivo bancario en Barcelona. Y pone fechas: la noche del 24 de mayo con posible reválida el 27 de septiembre. La presidenta de la Asamblea Nacional Catalana, Carme Forcadell, lo confirmaba el viernes en un discurso: el 24-M es el trampolín hacia la independencia. El propio Artur Mas lo explica: «Si tenemos fuerza y mayoría soberanista en los ayuntamientos el 24 de mayo, podremos considerar estas elecciones como unas primarias para la elecciones plebiscitarias del 27 de septiembre».
Lo primero es posible. Basta ver las enormes dificultades que ha tenido el PSC, siempre fuerte en el ámbito municipal, para cerrar candidaturas. El proceso hacia la independencia ha castigado a todos pero ha crujido especialmente al PSC y a la Unió Democrática de Duran Lleida, cuyo futuro es muy incierto. Pedro Sánchez así lo entiende y se está volcando en Cataluña porque sabe, además, que es imposible gobernar en España si no obtiene un buen resultado allí. Mientras, el PSC busca a un independiente para encabezar su lista, un «Ángel Gabilondo catalán», para la segunda cita decisiva: las elecciones del 27 de septiembre. Si en el parlamento resultante ese día, Convergència y Esquerra suman mayoría absoluta, capaces son de declarar unilateralmente la independencia. Ya saben ahora, y la población catalana lo va conociendo aunque los medios oficiales lo oculten, que Europa no espera, ni a Cataluña ni a nadie, con los brazos abiertos, y que la operación sería traumática para todos. Pero asumen el riesgo porque política y emocionalmente les compensa. Y es rentable electoralmente. El problema está ahí latente, cociéndose, y estallará en cuanto la aritmética parlamentaria lo permita. Aunque, por ahora, las desavenencias dominan y Mas amaga con retrasar la convocatoria si Esquerra lo deja solo en las votaciones de la cámara autonómica.
¿Y qué pasará si el 27-S no hay la mayoría independentista soñada en el Parlamento catalán? Todos los consultados coinciden: Artur Mas se marchará a casa. Se comprometió a llegar hasta el referendo de la independencia y, como no ha sido posible, lo sustituye por esas elecciones que estima plebiscitarias. De modo que a la independencia o a casa. Y ahí, el banquero citado, que insiste en su anonimato, es rotundo: «Con todo, Mas es el mejor y el que tiene cabeza. Junqueras sin Mas no va a ninguna parte. El proceso quedará huérfano».
Pero el riesgo es muy alto. Madrid no responde. Unos porque erróneamente creen que el problema está controlado y otros porque están absorbidos por sus crisis. Que se lo digan a Rajoy, al que el caso Rato le ha roto la campaña y teme que un mal resultado le cuestione la reelección y dispare las tensiones internas para la sucesión. Se acabó el balneario de las mayorías absolutas. Vienen tiempos de pactos y de reeducación de políticos, y también de ciudadanos, acostumbrados más a la descalificación que a la cesión para alcanzar acuerdos. Pero esas encuestas reiteradas en las que se dibuja que esto ya no será cosa de dos sino de cuatro, por lo menos, anuncian un nuevo escenario. En Andalucía ya llegó porque fue la primera elección del año y todo está empantanado. Y en menos de un mes ese cuadro escénico lo tendrá la mayoría de los más de ocho mil municipios españoles y trece comunidades autónomas. Habrá que afrontarlo. Y seria bueno hacerlo, no solo pensando en partidos sino, sobre todo, considerando los problemas de fondo que tiene la democracia española hoy: desde luego el paro insostenible y la desigualdad creciente, pero entre otros asuntos pendientes, el encaje de Cataluña en España. Dar el problema por controlado es crear una bomba de relojería que puede acabar estallando. Atentos.