El fantasma de Pablo Iglesias se paseó por el Congreso en un debate muy bronco
25 feb 2015 . Actualizado a las 08:36 h.Rajoy dijo en los pasillos que llegaba «muy tranquilo». Pero, más que tranquilo, se le vio luego sobrado. No solo se dio un sobresaliente en esta legislatura, sino que anunció que en la próxima sacará cum laude. Tres millones de empleos. Lo que presentó ayer fue todo un programa de Gobierno para los próximos cinco años, obviando el pequeño detalle de que, para poder ponerlo en práctica, tendrá que ganar primero las elecciones y sumar luego apoyos suficientes para gobernar.
Fuera algo real o impostado, Rajoy parecía convencido de que va tener un segundo mandato, como si nada pusiera en riesgo esa posibilidad. De salida, estuvo teatral en exceso, como si el enfrentarse a los debutantes Sánchez y Garzón le permitiera adoptar la despreocupada pose del profesor con el alumno. Pero, a medida que transcurría la tarde, se encendió hasta mostrar su cara más amarga y perder la compostura, cosa nada fácil en Rajoy, que pareció descolocado. Terminó de forma brutal, diciéndole a Sánchez que le costaba trabajo tomarle en serio. Y, ya con absoluto desprecio, lo llamó patético.
Pero si Rajoy optó por la autocomplacencia sobrada, Sánchez eligió el tremendismo, pintando una España tenebrosa en la que todo va mal por culpa del Gobierno. Arrancó como un miura, lanzando durísimos gañafones a Rajoy y hablando de los «martillazos» que le daban en Génova a los ordenadores para borrar a Bárcenas. Pero la bravura se le fue apagando al final del discurso y en la réplica, como a esos equipos que salen en tromba buscando un gol tempranero y acaban acusando en los minutos finales el esfuerzo realizado.
Villalobos juega al Candy Crush
A algunos les sorprendió la extrema dureza con la que Rajoy se empleó contra Sánchez, porque creían que su intención era mantenerlo con vida para evitar que a corto plazo sea sustituido por Susana Díaz, a la que el PP parece temer bastante más. Pero si ayer Sánchez salió vivo de su estreno, no fue precisamente por la condescendencia de Rajoy, que se tiró directamente a su yugular. La grada popular le aplaudía el ensañamiento, pero a Celia Villalobos parecía aburrirle tanto, que se puso a jugar al Candy Crush mientras ocupaba el sillón de presidenta del Congreso.
Expectación también, pero menos, había por escuchar a Alberto Garzón, próximo líder de IU. Pese a su discurso bien construido y mordaz, se comprobó que le falta un hervor parlamentario y que en estos debates cuenta más el colmillo retorcido del veterano que la insolencia del debutante.
Y, aunque nadie lo nombró, el fantasma del líder de Podemos, Pablo Iglesias, se paseó ayer por el viejo caserón de la Carrera de San Jerónimo. De hecho, en lo único que coincidieron Rajoy y Sánchez durante toda la tarde fue en criticar a su partido.