Dimitir no era un nombre ruso


El 2014 se precipita hacia su final. Lo hace de forma vertiginosa. Y se irá ligero de equipaje tras arrojar en los últimos días gran parte del lastre que arrastró durante todo el año. Desde noviembre se vació una lista de espera más pertinaz que las del Sergas y más notoria que la de los ricos de Forbes: la de los personajes públicos que debían estar en la cárcel y aún no habían dormido entre rejas.

La Pantoja, Maite Zaldívar, Carlos Fabra o Jaume Matas, condenados todos en un juicio justo y acorde a la ley, dieron por fin con sus huesos en prisión. Y la ciudadanía aplaudió. Y expresó su aprobación a través de los grandes termómetros sociales de nuestro tiempo: las redes, vigiladas y temidas por Gobiernos y partidos.

La ovación fue aún más rotunda cuando el juez Ruz centró y Rajoy convirtió con desgana en gol un pase que ya habían intentado varios escándalos: la obligada dimisión de Ana Mato.

La grada virtual se puso en pie cuando la Liga fulminó a Lendoiro por «hacer apología de la violencia» al arropar a los ultras. Y el estadio se vino abajo cuando por fin la Comunidad de Madrid cercenó la cabeza política del consejero Javier Rodríguez, el azote de Teresa Romero, también político bocazas, enemigo del sentidiño y ferviente defensor de que la palabra dimitir no es un verbo, sino un nombre ruso.

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Dimitir no era un nombre ruso