El líder del PP huye del debate y el del PSOE se justifica


Madrid / La Voz

Aunque Rajoy parecía empeñado en dotar a la sesión de un aire burocrático y casi de trámite, la de ayer fue una jornada histórica en el Congreso. Contra toda lógica, el presidente insistía en situar en la normalidad la primera sucesión al trono en la historia democrática de España. Y, para forzar ese tono, hurtó incluso a la sesión la categoría de debate, ni sobre la república, ni sobre la monarquía ni sobre nada. Se limitó a subir a la tribuna para defender la abdicación como si fuera la ley del suelo, hacer unas protocolarias loas al rey y al heredero, y no volvió a intervenir. Imbuidos quizá de ese espíritu oficinesco, los diputados del PP apenas se molestaban en aplaudir con desgana algún pasaje.

Todo lo contrario hizo Alfredo Pérez Rubalcaba, consciente de que la de ayer era su última gran intervención parlamentaria como secretario general del PSOE. No era un discurso fácil para él, atrapado entre la necesidad de despedirse con ese tono de hombre de Estado que siempre ha cultivado, y a la vez justificarse ante los suyos por avalar la continuidad en el trono desde un partido que se declara formalmente republicano. Y, de esa trampa saducea que se tendió el propio líder socialista, nació esa exótica definición política mediante la cual el PSOE se declara «compatible» con la monarquía.

El hallazgo semántico no pareció convencer, sin embargo, a muchos de los suyos. En el rostro de bastantes de los socialistas que se levantaron de su escaño para gritar su «sí» al deseo de abdicar del rey, se adivinaba la pesadumbre de quien hace lo contrario a lo que le pide el cuerpo. Entre otros, se vio así al propio Madina, consciente de que su aventura como nuevo secretario general del PSOE nacería para muchos con esa especie de pecado original.

Lo cierto es que, con su deliberado tono cansino, Rajoy perdió ayer una buena oportunidad de reivindicarse, ya que la ley de abdicación elaborada por el Gobierno fue una de las que mayor respaldo parlamentario ha obtenido en toda la legislatura. Si, como planteaban los grupos más a la izquierda, de lo que se trataba era de un debate entre monarquía o república, la monarquía obtuvo ayer, paradójicamente, un apoyo similar a que obtuvo en la Constitución de 1978. Fueron 299 votos a favor y 19 en contra. Un 85,42 % de síes y solo un 5,42 % de noes. Hace 36 años, el porcentaje fue de 88,54 % a favor y 7,89 % en contra.

Pero no solo Rubalcaba parecía atrapado ayer por su pasado. El portavoz de CiU, Josep Antoni Duran i Lleida, llegaba después de su órdago contra el soberanismo de Artur Mas, que algunos consideran un farol. Y se vio ante la tesitura de mantener su leyenda de estadista pragmático y pactista, y justificar al tiempo la espantada de CiU del grupo de partidos que ha venido dando estabilidad a la monarquía desde la transición. El recurso fue, una vez más, culpar de ello a una España que en este caso no les roba, pero les echa de la historia.

Pero si hubo ayer alguien que contribuyó a restarle trascendencia histórica a la sesión parlamentaria, fue el presidente del Congreso, Jesús Posada. «Los que no están atendiendo, que vayan al bar». Esa fue la recomendación que les hizo, en pleno debate, a quienes cuchicheaban en sus escaños.

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