Fin de ciclo


Admitámoslo, somos un país futbolero y cada vez lo seremos más, porque el mundo no está para otra cosa. Seguimos la política de reojo en los debates de La Sexta cuando han acabado los partidos. Y la discusión sobre la justicia universal la tenemos situada entre la línea del fuera de juego y el área pequeña. De modo que lo mejor para explicarlo es recurrir al topicazo futbolero: esto es un cambio de ciclo como la copa de un pino.

El Rey lo ganó todo en la Transición, bien es cierto que con ayuda del árbitro del partido anterior. Fueron años de esplendor en la hierba, al hombre le salía todo. Y la grada perdonaba los pecados del crac fuera de la cancha.

Luego llegó el período de vivir de las rentas, aquel en el que la bancada disfruta más con los vídeos de Bebeto en Youtube que con las volteretas de Sissoko.

Y finalmente los pañuelos blancos. El fútbol no tiene memoria. Le pasó a Di Stefano, a Arsenio, a Cruyff, le está pasando a Casillas y a Guardiola. Le pasará, ¡Dios no lo quiera!, al Marqués de Del Bosque el mes que viene.

Es la hora de mirar a la cantera. Pero en España Fútbol Club haríamos mal en pensar que esto se arregla con un cambio de cromos. Otro fútbol es posible. Hay que fijarse en el ejemplo de Tino Fernández, que cogió al Dépor en cuidados paliativos y lo ha puesto en la Liga de las Estrellas en cinco meses. O al presidente del Eibar, que ha hecho el viaje del barro de la 2ªB al palco del Bernabeu con un presupuesto de tres millones.

España lleva desde el 2009 coqueteando con el descenso. La grada está muy revuelta. Así que los que manejan los hilos desde el palco mejor escuchan un poco más al socio, y aprovechan este cambio de ciclo para que entre un poco de aire fresco en el vestuario. Porque si no, nos vamos a la B.

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