Hay políticos que llegan, pasan y se olvidan. Hay otros que marcan una época y quedan para siempre en los libros de historia y en el corazón de la gente. Adolfo Suárez es de estos últimos. No lo hizo solo, pero fue él quien manejó el timón de la transición. Que no es poco. Otros habrían torcido el brazo ante la fuerza de las olas o habrían llevado el barco contra las rocas. Él aguantó mil y un embates, incomprensiones, traiciones y cuchilladas. El actual presidente se queja de la herencia recibida. Es dura, pero mejor que la que se encontró Suárez. No solo el país estaba horadado por una profunda crisis económica. La España de 1976 estaba, además, multifracturada socialmente, sometida al vaivén de múltiples fuerzas que empujaban en sentidos opuestos, del golpismo al terrorismo. No había una cultura política consolidada ni un guion que orientara el futuro. Todo hubo que construirlo desde cero. Se podría haber hecho de otra forma. Y no todo se hizo bien. Pero casi 40 años después, el edificio democrático es sólido. La memoria es frágil, pero mucho de lo que hoy es rutina entonces era una heroicidad. Y de héroes es saber captar el sentido de la época que a uno le toca vivir, romper prejuicios, renunciar a parte de lo que uno es en beneficio del grupo para sumar a propios y extraños al barco de la historia. Una generosidad para el diálogo y el acuerdo que hoy se echa de menos pero que definió a los protagonistas de aquellos años, en especial a él. Suficiente para entrar en la historia.