El paisaje que dibuja el CIS es desolador: ocho de cada diez encuestados consideran mala o muy mala la situación política y económica, sigue creciendo la preocupación por el paro y la corrupción, y la valoración y confianza en los políticos, sean del partido que sean, se hunden en un negro pozo. Los españoles sienten el mayor de los desprecios por su clase política y lo expresan a cada oportunidad. Porque no es malestar con unos o con otros. Todos suspenden. Nadie se salva. La desafección es absoluta. Quizás porque en ninguno encuentren los ciudadanos empatía ante su desazón, preocupación por sus pesares ni solución a sus problemas. Tristemente, la política es vista como un cóctel de tecnocracia, despotismo y demagogia. Es probable que esta percepción tenga algo de injusta, porque ni los políticos son culpables de todos nuestros males, ni nosotros mismos somos del todo inocentes. Pero nada han hecho para evitar un desapego que ha ido creciendo con la crisis. Y tanto se ha prolongado que ha dado tiempo a pasar de la indignación a la indolencia. Pero incluso el hastío cansa, y el hartazgo hace que cualquier cambio se vea como una mejoría, que la fatiga alimente cualquier hálito de esperanza. Eso explica que al primer indicador positivo repiquen las campanas. Es ilusión o muerte. Aunque se corra el riesgo de que las expectativas se frustren y la decepción nos hunda aún más en el fango. Como ocurrió con Zapatero en el 2010.