Se acabó la tranquilidad. Han sido dos años sin elecciones en el conjunto de España y eso se nota. Rajoy se queja a menudo, y con razón, de que le ha tocado gestionar uno de los momentos más críticos de la historia reciente del país. Pero no es menos cierto que lo ha hecho con una paz política sin parangón. Con una acumulación de poder de la que no dispuso ni Felipe González en sus mejores tiempos. Ha podido aplicar las medidas que ha considerado oportunas sin oposición, porque esta ha carecido de fortaleza, de ideas, o de ambas cosas, para intentar al menos un debate constructivo sobre una serie de decisiones que tendrán efectos profundos y duraderos. Porque sí, hay que reconocerle a Rajoy que muchas de sus políticas han sido transformadoras. Pero no tantas como él pretende, prometió y, dadas las circunstancias políticas, podría haber acometido. Y, sobre todo, han tenido consecuencias. La mejoría de muchos indicadores macroeconómicos es tan indiscutible como el empeoramiento de otros, como el incremento del paro y de la pobreza.
Y como suele suceder en estos casos, cada uno pone el acento en lo que le interesa. Esa es la triste miseria en que ha degenerado el debate político. Pero no hay política sin debate, incluso tergiversado, por mucho que le pese al presidente. Ha gozado de algo más de dos años sin la presión de unas elecciones de ámbito general. Ahora se avizora ya un nuevo ciclo electoral, que comenzará con las europeas de mayo y culminará con las generales de finales del 2015. Es hora de rendir cuentas. Y es el propio presidente quien ha dado el pistoletazo de salida de una batalla electoral que durará casi dos años.
En la Frontera