En otros idiomas no existe la diferencia que hay en el castellano entre ser y estar. Quizás esta disociación explique algunos problemas. Porque hay quien quiere ser y no estar, y quien quiere estar pero no dejar ser. ¡Un lío! Normal que cueste entenderse, especialmente cuando no se hace el más mínimo esfuerzo, porque todos están cómodos en sus trincheras. Pero se corre el riesgo de eternizarse en el parapeto y, con el tiempo, confundir la realidad con el reducido paisaje que se ve desde el agujero. Pero aquella siempre es mucho más compleja.
El nacionalismo tiende a confundir lo que es con lo que quiere ser. Cataluña es mucho más de lo que una parte de la sociedad catalana entiende por tal. Los catalanes, incluso los más fervientes independentistas, son el fruto de siglos de convivencia, interdependencia e integración en España. Y aunque sueñen con ser otra cosa en el futuro, y para ello quieran dejar de estar en España, no podrán hacerlo unilateralmente y al margen de unas leyes que nos obligan a todos. A ellos también. Porque Cataluña es de todos y la suma de todos, incluidos quienes no quieren la independencia. ¿Es que acaso sería viable un país con la mitad de su población extranjera? Por eso, cualquier cambio en el status quo requiere mayorías muy cualificadas, contrastadas al final de un proceso excepcional y acordado entre todas las partes. Pero nada de esto se da.
Por otra parte, las leyes son el cauce no el cerrojo de las relaciones sociales. Y si estas cambian, aquellas acabarán haciéndolo también. Por ello conviene no usar la ley como escudo ni como arma. No se puede frenar una marea, solo conducirla. Hay que dejar ser, y querer ser, para que mediante el diálogo, la comprensión y desde el respeto, a las reglas y a los demás, todos quieran estar.