Este Gobierno se la juega en el 2014

Manuel Campo Vidal

ESPAÑA

Rajoy ha concluido el año con su acostumbrada predicción: el próximo será mejor. Lo importante no solo es que sea así, sino que lo notemos todo

29 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Aunque en política todo vaya muy rápido y en meses o semanas pueda dar un vuelco el voto, el tercer año de la legislatura, que corresponderá al 2014, será determinante. El primero se suele vivir echando la culpa al anterior Gobierno y el de Mariano Rajoy y sus mariachis han estirado hasta el segundo la misma canción. Todo era culpa de Zapatero, quien, desde luego, no fue el mejor presidente de los que tuvimos en democracia -Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar...- aunque ya lo piropeen ahora como el mejor expresidente. Agotada la misma música y contando con algunos éxitos -no hubo intervención de la economía por más que Rubalcaba la considere ejecutada- y con algunos fiascos -limitación de las libertades civiles- llega la hora de la verdad. El tercer año de este Gobierno puede prefigurar el cuarto y definitivo. El éxito o el fracaso.

Rajoy, un maestro en ganar tiempo, ha concluido el 2013 con su acostumbrada predicción: el próximo será mejor que este. Que Dios lo haya iluminado en su predicción. Lo importante no solo es que sea así, sino que lo notemos todos. Las cifras macroeconómicas empiezan a enderezarse, pero debajo la vida sigue siendo muy dura. Si España fuera una casita de planta baja -como hemos sugerido alguna vez- los políticos siguen en la terraza de verbena, debajo la economía y el país real peleando a nivel de calle, y en el sótano, un cuarto de la población en riesgo de exclusión, bastantes de ellos descendidos bruscamente desde la clase media. Así está España.

Con esa perspectiva y con ese aplomo que le hizo afrontar el viernes su primera rueda de prensa en meses para hablar básicamente de economía y esperanza -olvidó el caso Bárcenas, el registro policial de la sede del PP, el grave conflicto con Cataluña y otros frentes-, Rajoy pasó la bayeta sobre la situación y la dejó supuestamente reluciente. Pero hay algunas letras que vencen: el juez Pablo Ruz -tan elogiado desde el PP hace unos meses- puede estar gestando un disgusto al partido y, sobre todo, el ministro Alberto Ruiz-Gallardón le ha girado un pagaré que se le puede atragantar: la drástica modificación de la ley del aborto.

¿Qué necesidad tiene Rajoy, mientras trata de ganarse una cierta reputación internacional, de soportar manifestaciones contra esa nueva ley ante nuestras embajadas europeas? ¿O de merecer un editorial en The Times que distingue entre Gobierno conservador y abuso de poder, atribuyéndole esto último? ¿O de encajar una nota reprobatoria del Gobierno francés, que será socialista, pero ejerce de aliado ante los excesos de Angela Merkel? Y peor aún: ¿le conviene una división sensible en su partido por culpa de esa ley-pasaporte para Ruiz-Gallardón en sus aspiraciones sucesorias?

Tímida insurrección

La tímida insurrección pública -solo el presidente gallego Núñez Feijoo, la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, y poco más- representa la punta del iceberg. Más abajo el malestar en su partido es apreciable. Hasta el moderadísimo y leal Gobierno de Castilla y León le sugiere que ha ido demasiado lejos. La llamada a la disciplina del portavoz parlamentario, Alfonso Alonso, ha sonado a chiste: «Al firmar el acta de diputado, los parlamentarios aceptaron el programa y, por tanto, esto». Será lo único que habrá cumplido Rajoy de su programa, ya que lleva dos años de legislatura decidiendo lo contrario de lo prometido como él mismo admite.

Un año envenenado

El tercer año de Mariano Rajoy llega envenenado: por los independentistas catalanes que querían jugar en esa efemérides la final de sus aspiraciones y de momento se van conformando con que quede en semifinal, y que se anuncia bronca, ruda y con tarjetas. Por la situación económica plagada de desafíos -el conflicto con las compañías eléctricas y la dramática asignatura pendiente de la creación de empleo-. Y ahora con ese frente añadido al ceder ante las presiones de la derecha ultraconservadora.

La izquierda está dividida, pero el Partido Popular le ha regalado la bandera de un frente común. Peor aún si cabe: con una parte del electorado popular, y de sus parlamentarios, coincidiendo en que se trata de un grave error del Gobierno. Sin duda el 2014 va a resultar decisivo. Quizás convenga reconsiderar el fiasco.