Pocos fenómenos sociales provocaron tanto mal como el de las autoconsideradas vanguardias revolucionarias. Unos iluminados que se sentían en posesión de una verdad con la que se creían en el derecho de usurpar, cuando no sojuzgar, la voluntad de un pueblo que consideraban ignorante. Profetas de un paraíso cuyo camino solo ellos conocían y en cuyo nombre cometieron todo tipo de atrocidades.
La nota del colectivo de etarras presos responde a ese discurso, el de quienes se creen los amos de la patria. Su reconocimiento del daño causado no es motu proprio sino interesado y fruto de su derrota. Pero es un paso adelante en un largo camino. Aún insuficiente, porque es difícil de creer un arrepentimiento sin petición de perdón. Y porque deben asumir que no tenían razón. Que no representaban a nadie porque nadie los eligió para nada. Que emplearon una violencia ilegítima e injustificada, porque no ha habido ningún conflicto multilateral con un Estado opresor. Que deben asumir su condena sin condiciones ni matices, porque es el castigo justo por el daño causado. Y mientras no lo hagan, seguirán ciegos y sordos a las demandas de una sociedad que está por encima de ellos, no sometida a ellos, y que nada les debe. Al contrario.