Agujero negro

Tino Novoa EN LA FRONTERA

ESPAÑA

La Casa Real es como un agujero negro que se traga cualquier atisbo de transparencia. En democracia, el poder es siempre una delegación de la voluntad del pueblo, en cuyo nombre y bajo cuyo control ejercen las instituciones. Todas menos una, la Casa del Rey. Nada se sabe de sus cuentas, que el monarca ha manejado durante años a su antojo sin dar la más mínima explicación. La confusión entre su agenda pública y privada ha sido providencial para algunos, como Urdangarin, cuyos negocios florecieron en esa zona de sombra. Y para el propio monarca, cuya vida particular ha escapado sistemáticamente del escrutinio público. El accidente de Botsuana, como otros en los que sufrió lesiones, mostró a un rey entregado a unas actividades indigeribles en tiempos de penurias y alejadas del común de los ciudadanos. El secretismo sobre sus actividades y sobre su salud ha sido una constante. Su empeoramiento se ocultó hasta que la fuerza arrolladora de las redes sociales extendió todo tipo de rumores y obligó a la Casa del Rey a reaccionar.

Que el rey personalice la institución no significa que se confunda con él. La sucesión, la forma en que se produzca, define a la monarquía tanto como la forma en la que se ejerce. Y ese proceso debe ser controlado por los representantes del pueblo. Por ello, es inconcebible que las Cortes ni siquiera se hayan planteado la ley de la Corona que prevé la Constitución. Y el incomprensible silencio de PP y PSOE ante la prolongada convalecencia del rey solo tiene una explicación: que hayan sido abducidos por el agujero negro de la Zarzuela.