¡No distraigan al presidente!

Tino Novoa EN LA FRONTERA

ESPAÑA

Rajoy comienza el curso como acabó el anterior: encerrado en su burbuja, ciego al malestar de la calle, sordo ante las protestas y mudo en explicaciones. Justo lo contrario de lo que se espera del jefe de un Gobierno. Rajoy ha sustituido la realidad por otra fabricada por expertos en construir mundos virtuales resaltando lo que conviene y escondiendo lo que no interesa. O, en palabras del presidente, lo que distrae. Como habla siempre desde la distancia y no admite preguntas ni entrevistas, habrá que jugar a las adivinanzas.

Quizás considere distracciones los seis millones de parados, porque la mejoría de los últimos meses solo araña la superficie de un drama que aboca a la miseria a una cuarta parte de la población. O entienda una distracción esa generación de jóvenes condenada al fracaso por una política educativa elitista que hunde la enseñanza pública y deja sin becas a miles de estudiantes necesitados. Por supuesto, ve impertinente que le pregunten por las evidencias que apuntan a una financiación ilegal de su partido, o por las sospechas de que mintió o al menos disfrazó la verdad en el Parlamento, o por el obstruccionismo a la Justicia por parte del PP. Es probable que para él sean minucias. Pero son la esencia de la democracia. Porque, mal que le pese a Rajoy, su legitimidad no nace de los resultados de su política, discutibles y matizables en todo caso, nace del respeto a las reglas y la rendición de cuentas.

O quizás está tan distraído que piensa que se halla en otro régimen político. Tan distraído que anuncia para dentro de un año el anuncio de una bajada de impuestos que ya anunció hace dos años y que incumplió al llegar al poder. No es de extrañar que en tal estado de distracción esté orgulloso de todos sus ministros.