España necesita sin tardanza una gran limpieza, de la política a la economía y de las infladas listas del paro hasta el fútbol bajo sospecha entre algunos equipos de la zona de descenso. Durante años hemos presumido de progreso económico, grandes obras públicas, tren de alta velocidad y de aeropuertos, universidades, museos y auditorios por doquier. Las aportaciones del «señor Feder», como se le llamaba jocosamente en Andalucía al fondo europeo, más el crédito desbocado y las ansias de grandeza fueron los principales motores de un desarrollismo de nuevo cuño que, menos mal, dejó algunos avances para el país. Ahora que la crisis frenó aquella burbuja de la arrogancia, que era la madre de todas las burbujas, toca limpiar. Limpiarlo todo: repetimos, de la política a la economía y de las infladas listas del paro al fútbol bajo sospecha.
La política merece una urgente revisión a fondo. Cada vez hay más políticos que se desmarcan sonoramente de la creencia general de que todo está contaminado. El «a mí, que me registren», de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, cuando surgió el caso Barcenas, marca una linea divisoria. España rebosa de políticos honrados y servidores públicos comprometidos con su país pero de ellos se espera no solo honradez sino también impulso para la limpieza de la política, en alianza con esa inequívoca demanda ciudadana. Hay que separar sin contemplaciones de la política a los que obtienen prebendas de ella.
La economía está sufriendo una remodelación con la crisis, en ocasiones con episodios injustos pero en otros con una renovación que se hacía imprescindible. Empresas públicas ineficientes, demasiados sectores sin futuro y una baja competitividad. España busca desesperadamente un nuevo modelo productivo y empieza a descubrir que conviene enseñar en las escuelas espíritu emprendedor, como desde hace años sucede en las escuelas públicas asturianas, y que es urgente una ley que apoye de verdad a los emprendedores a los que hay que respetar porque son los creadores de riqueza para ellos, sus familias y su comunidad.
Y limpiar también las estadísticas. Del mismo modo que la ministra Ana Pastor ha propuesto revisar palmo a palmo la seguridad en toda la línea férrea española sin caer en la tentación de echarle la culpa a José Luis Rodríguez Zapatero, como tan aficionados son en su partido, hay que depurar las estadísticas sobre las que se construyen los grandes debates políticos. ¿El número de desempleados es realmente cercano a los seis millones de ciudadanos? ¿Por qué entonces no se resiente apenas el consumo de energía eléctrica en España en horario laboral? ¿Por qué a un ayuntamiento como el de Cornellá (Barcelona), con siete mil desempleados en las listas oficiales le cuesta tanto encontrar quinientos trabajadores cuando hace una oferta temporal de empleo?
Y por supuesto hay que limpiar el fútbol. Arrastramos una federación, como en la mayoría de deportes, todavía sin democratizar, pero, además, existen maniobras oscuras cada final de temporada. El fútbol significa mucho en repercusión económica y social pero también en imagen de marca España, como destaca Manuel Aguilera, director del periódico Diario de las Américas, de Miami. «Barça y Madrid, son las dos mejores marcas que tenemos y con un fútbol prestigioso detrás pueden ser muy importantes para toda la economía española que quiera exportar». ¿Consentirá la Federación que preside Villar que comience la Liga con evidencias de irregularidades y compra de partidos? Hay que limpiar todo sin tardanza. También el fútbol. Merecemos un país serio y aseado.