Los grandes líderes testaron mal

Los grandes nombres de la Transición brillaron en esa época, pero erraron en su testamento político


Poco o nada que objetar a los grandes líderes durante la transición. Pero casi todos se equivocaron al elegir sucesor. Admirable el trabajo de Suárez, Felipe González, Carrillo, Fraga o Jordi Pujol, entre otros. Sin embargo, cuando se retiraron, salvo excepciones, no resistieron la tentación de promover a personas que pudieran manejar a su antojo. El resultado es que aquella excepcional generación de líderes fue sustituida por otra de mucho menor nivel. Ahí comenzó un proceso de degradación en el liderazgo en España, origen de la grave situación que padecemos: retos de gran calado afrontados por dirigentes de segunda división. Y alguno de segunda B. Episodios como los de estas semanas en el Congreso encuentran ahí su explicación,

Hay pocas excepciones a esa regla. Suárez dio paso a sus fieles Rodríguez Sahagún y Calvo Ortega mientras democristianos y liberales dinamitaban la UCD. Felipe pensó en Javier Solana y Narcís Serra pero acabó proponiendo a Joaquín Almunia, quien perdió las primarias desde la secretaría general frente a Borrell. Después, el aparato del PSOE zancadilleó a Borrell, como denuncia Alfonso Guerra en su último libro. Acabó Almunia como candidato facilitando la mayoría absoluta de Aznar. Después, llegaría Zapatero por sorpresa y Rubalcaba de emergencia.

Fraga necesitó cuatro intentos para encontrar sucesor. Testó en favor de Miguel Herrero, gran jurista pero desafortunado dirigente. A los tres meses perdió el congreso, con Aznar como número dos en su candidatura, frente a Antonio Hernández Mancha, que decepcionó después en una moción de censura contra Felipe González. «Mi madre me pasó a máquina el discurso», confesó el candidato, ilustrando la falta de apoyo del aparato de Génova. Fraga pensó entonces en Marcelino Oreja, pero tras unos pobres resultados en las elecciones europeas, la sucesión seguía abierta. Fraga quería entonces a Isabel Tocino, pero Rato y Álvarez Cascos lo convencieron de que el hombre era Aznar. A la cuarta. Y Aznar, después de ocho años de mandato, descartó a Rato porque le señaló el error de entrar en la guerra de Irak con Bush. Eligió a Rajoy porque pensaba que podía manejarlo, pero ya reflejó en su última entrevista en Antena 3 su desazón por lo poco que le consulta el presidente. Y Rajoy es lo que vemos.

Carrillo optó por el menos preparado de la dirección del PCE, Gerardo Iglesias, que enseguida se distanció de él y comenzó la descapitalización de aquella formación, que tuvo brillantes dirigentes pero nunca en la principal responsabilidad, como Nicolás Sartorius, Solé Tura, Tamames o Mauricio. Después llegarían Anguita, Llamazares y ahora Cayo Lara. Él mismo está sorprendido.

Y por último, Jordi Pujol, el más ingrato con su gente. Tuvo a Miquel Roca 17 años viviendo en el hotel Palace de Madrid y le negó ser ministro de Economía cuando Felipe González se lo ofreció. Finalmente, impidió su relevo natural en la Generalitat. Pujol eligió a Artur Mas, acaso para dar tiempo a que creciera su hijo Oriol, el único de sus siete vástagos metido a política, como si el gobierno de Cataluña se pudiera llevar como una empresa familiar. Rechazó a Roca, el mejor ejecutivo que tantos servicios le prestó a él y a Cataluña y eligió al más manejable. Seguro que con Roca en la Generalitat y con dirigentes de más altura en Moncloa no estaríamos ante el grave cisma actual entre Cataluña y España. Cada vez que ahora Roca y Felipe González aparecen en un diálogo público en Madrid o en Barcelona, aun con diferencias de criterio entre ellos, se constata la importancia de elegir bien a los sucesores. Definitivamente aquellos grandes líderes brillaron en la transición pero erraron en su testamento político.

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