El rey estaba en pelotas y los súbditos, repentinamente aquejados de miopía, callaban como muertos...
04 abr 2013 . Actualizado a las 10:48 h.El rey estaba en pelotas y los súbditos, repentinamente aquejados de miopía, callaban como muertos. Cortesanos y lacayos, zalameros por instinto de conservación, iban más allá y se derretían en alabanzas al traje invisible del monarca, el más hermoso del mundo. Hasta que un niño -¿se llamaría José Castro?- deshizo el entuerto con su vocecilla inocente: «¡El rey está desnudo!». Esa es la síntesis del cuento -magistral- del danés Hans Christian Andersen.
La infanta estaba en cueros y los ciudadanos del reino lo percibían, pero solo confidencialmente lo manifestaban: a los parientes más próximos, a los amigos del café o a los encuestadores del CIS bajo secreto de confesión. Únicamente el runrún trascendía a ese círculo reducido y familiar. Tres razones de peso justificaban el mutismo de la mayoría: la calamitosa situación del país, un extraño sentido de la responsabilidad y un acusado escepticismo.
A los ciudadanos del reino los ocupaban quehaceres más urgentes que el de inmiscuirse en los asuntos de palacio. El desempleo y el hambre rondaba muchas puertas, la corrupción campaba a sus anchas al grito partidario del «¡y tú más!» y las instituciones democráticas, incapaces de dar respuesta a tanta legítima demanda, comenzaban a resquebrajarse.
Este último aspecto enlaza directamente con el llamamiento a la prudencia a la hora de enjuiciar a la Casa Real y sus aledaños. Los dos grandes partidos, por una vez, hacían piña: ¡la jefatura del Estado, la piedra angular del sistema, es intocable! Pongamos sordina al rebumbio y cancelas al escándalo. Acotemos el daño. A fin de cuentas, el yerno solo es un allegado de sangre plebeya. El traje del rey, aunque deslucido por algunas manchas ocasionadas en cacerías o devaneos, continúa siendo el más hermoso del mundo. Como en el relato de Andersen, «solo los tontos [y algún republicano recalcitrante] no pueden verlo».
Finalmente, el escepticismo. Se cruzaban apuestas acerca de la imputación de la princesa. Sí o no. A favor, un juez inexorable y discreto. En contra, la manifiesta cojera de la justicia. Ganaban estos últimos por goleada: ¿acaso no dicen las encuestas oficiales que jueces y periodistas -la mano de la ley y los mensajeros- son los profesionales menos solventes? ¿Acaso, desmintiendo las reales palabras navideñas, no existen justicia de primera y justicia de segunda?
Perdieron los agoreros por la mínima. La justicia aún no es igual para todos, pero ya es un poco menos desigual. La tardanza, la necesidad de cubrirse las espaldas con un auto minucioso o la postura del fiscal reconvertido en abogado defensor prueban que todavía hay categorías. Pero menos da una piedra: los sastres que cortaron un traje a la medida del rey están imputados.