Fue un discurso destinado fundamentalmente a subir los alicaídos ánimos de un partido al que el caso Bárcenas ha hecho enmudecer, bloqueado y conducido a una preocupante parálisis interna. La dirección del PP lleva más de un mes sin comparecer en la sede de la calle Génova en las que eran habituales ruedas de prensa de los lunes, después de que María Dolores de Cospedal explicara el supuesto finiquito del ex tesorero como una «indemnización en diferido en forma de simulación», lo que le valió numerosas críticas y burlas. El presidente del Gobierno no da una rueda de prensa en España desde hace tres meses. Solo respondió sobre Bárcenas en Berlín en una obligada comparecencia junto a Angela Merkel.
Su estrategia, extendida ya a todo el PP, para afrontar un escándalo que crece cada día con nuevas revelaciones, consiste en callar y esperar a que escampe. Puro «marianismo». Ayer insistió en esa táctica ante la junta nacional. Eludió nombrar a Bárcenas y de nuevo compareció a través de un plasma, es decir sin aceptar las preguntas de los periodistas. No someterse al escrutinio de la opinión pública respondiendo a los medios en un formato de preguntas y respuestas sin restricciones con una cierta asiduidad es difícilmente justificable, aunque se tengan muy pocas buenas noticias que dar. No es propio de las democracias occidentales avanzadas. Sobre todo si se tiene en cuenta la gravísima situación económica por la que atraviesa el país, con seis millones de parados, y un desafío soberanista en marcha en Cataluña, aparte del monumental escándalo del enriquecimiento de Bárcenas, que da pábulo a toda clase de sospechas sobre la financiación irregular del PP. La clamorosa ausencia de ocho barones resultó muy llamativa, sobre todo por el momento en que se produce. Algunos presidentes autonómicos no ocultan su preocupación por la reunión secreta de Rajoy con Mas y se oponen a que Cataluña obtenga un trato de favor en el nuevo sistema de financiación. El presidente trató de calmar las aguas, negó que vaya a haber privilegios y pidió apoyo y unidad al partido.
Pero más allá de eso, su intervención destacó por la autocomplacencia y la falta de autocrítica, quizá porque se dirigía a un partido deprimido. A pesar de que ya ha cumplido quince meses en La Moncloa, se quejó en numerosas ocasiones de la herencia recibida de Zapatero, que calificó de «desastre», y echó la culpa de buena parte de nuestro males a la UE. Su discurso sonó a nosotros lo hemos hecho todo bien, la culpa es de los demás. También retrasó el crecimiento económico y la creación de empleo al 2014, cuando hasta hace poco el horizonte se ponía en la segunda mitad de este año.