Empieza a oírse ya el ruido de cuchillos. Esperanza Aguirre, que nunca ha dejado de moverse, ha olido sangre y se prepara ya para la guerra. Es el mejor síntoma de que las acusaciones no son fruto de una confabulación contra el partido. No es solo la oposición. En el seno del PP también hay quien sospecha y no se fía del presidente. El escándalo Bárcenas es solo el inicio de un largo viacrucis en el que los mayores tormentos le vendrán de su propia casa, donde más de uno está deseando verle caer. El cainismo es uno de los males que aquejan a la clase política. Malgastan energías en luchas intestinas que, además, les distraen de los problemas que realmente afectan a los ciudadanos. Otro de los males que los desacredita es su cinismo. Es una broma que Esperanza Aguirre se ofrezca a encabezar una regeneración democrática cuando una de las raíces de la trama Gürtel germinó a su alrededor. Y aún más grotesco resulta que Artur Mas promueva una campaña de limpieza cuando las sospechas de corrupción amenazan a colaboradores directos y aún la semana pasada amparaba a un parlamentario que está a punto de ser imputado.
Empieza a calar la idea de que es urgente y necesaria una profunda regeneración democrática. Lo que muchos quizás no quieren ver es que cualquier intento en este sentido estará condenado al fracaso si no va acompañado de una renovación igual de profunda en quienes han de llevarla a cabo. Mantener a quienes están salpicados por la sospecha contaminaría todo el proceso. Los datos del barómetro del CIS son demoledores en este sentido: ninguno de los 27 políticos evaluados merece un aprobado. Es más, la inmensa mayoría no llega al 3 y la nota ha empeorado en prácticamente todos los casos desde el mes de noviembre. Si se les aplicara la doctrina Wert, todos deberían irse para casa.