Hablar de brotes verdes y de recuperación económica con casi seis millones de parados es obsceno. Asegurar que la reforma laboral, aprobada en febrero, está dando sus frutos cuando en el 2012 se han destruido 850.000 empleos es pura y simplemente una dolorosa falacia. Releer las declaraciones de Mariano Rajoy días antes de las elecciones, en las que decía que la cifra de desempleo era «insoportable» e «inaceptable» y responsabilizaba al Gobierno socialista lo deja ahora en evidencia. Pararse ante aquella frase lapidaria suya, «cuando gobierne bajará el paro», publicada a cinco columnas en la primera página de un diario nacional, acompañada de una fotografía ante una oficina de empleo, causa sonrojo. La reforma laboral, acometida en plena recesión, no solo no ha creado empleo, como era de esperar, sino que ha acelerado su caída, la tasa de paro ha pasado del 22,8 al 26 %. Y lo peor son las previsiones para este año, empezando por la del propio Gobierno, que señalan que las cosas no van a mejorar. Ante la catástrofe social que se ejemplifica en las 1,8 millones de familias con todos sus miembros en paro o en los 2,5 millones de desempleados que no reciben ningún subsidio, Rajoy reacciona con una especie de exasperante fatalidad, como si no se pudiera hacer nada a corto plazo, esperando que la prometida mejora de las cifras macroeconómicas se traslade al empleo. Para entonces muchos de nuestros mejores jóvenes estarán en el extranjero y el millón de mayores de 50 años que no tienen trabajo se habrán quedado para siempre en el camino. No hay nada más urgente en este país que frenar esta insoportable e inasumible sangría. Sin esperar ni un día, desde ahora mismo.