«España tiene un problema. Cataluña, también». Así arrancó Miquel Roca en el magnífico debate sobre la organización territorial de España que compartió con Felipe González, María Dolores de Cospedal y Miguel Herrero. Sensación de esperanza y lamento. El lamento de no divisar en la actualidad hombres de estado, como aquellos de la transición, y la esperanza de que, si se les encarga, ellos y algunos de las jóvenes generaciones arreglarían este desaguisado. Roca llegó a decir: «Si fuimos capaces de ponernos de acuerdo para hacer la Constitución gentes que veníamos de organizaciones clandestinas y otros que venían del régimen de Franco, cómo no vamos a saber arreglar esto». Dios y la Virgen de Montserrat, como mediadora, le oigan.

Acuerdo de los cuatro participantes: «Lo que se arregle solo se puede acordar con consenso». Buen comienzo. Después la foto se movía, como era de esperar. La señora De Cospedal, que tuvo el mérito de atreverse a comparecer en el debate junto a aquellos hombres de Estado de la transición, defendió que «el problema de fondo no es la crisis económica, solo que cuando la marea baja, se ven restos en la playa». Pero venían a coincidir, ella y Roca, con González cuando advertía que «no se puede separar la crisis institucional de la económica».

Y hubo más coincidencias: España no puede soportar cuatro Administraciones distintas: la local, la provincial con sus diputaciones, la autonómica y la nacional. Y añadan la europea. Y sumen a ello las estructuras comarcales de Cataluña y Aragón, entre otras autonomías. A partir de ahí, duplicidades, exceso de funcionarios, burocracia paralizante y baja productividad. Herrero advirtió que a la hora de recortar, que se haga de forma asimétrica porque los municipios gallegos y asturianos ya integran a varios núcleos de población y reducir municipios en el norte de España no es lo mismo que en el sur. Y no se puede tratar igual una diputación provincial castellana que una junta general vasca o un cabildo insular. Cierto. Y una advertencia de Roca: «El Estado de las Autonomías no es responsable de la crisis».

El debate no tuvo desperdicio. En la sala estaba la mitad del Madrid del poder legislativo y judicial, los presidentes de Asturias, Extremadura y Castilla-La Mancha y personalidades como Duran i Lleida, Txiqui Benegas y tantos otros.

El problema es que no se hablan entre ellos. Por fin Rajoy descolgó el teléfono y felicitó a Artur Mas por su victoria electoral, a pesar de todo. Lo citará de nuevo cuando sea presidente. Mas está enrocado en su deriva independentista. Deprimido, según su entorno, por los inesperados resultados, incluso circulando quinielas sobre quién podría sustituirlo si no se decidiera a acudir a la investidura, algo improbable, y con el corazón partido entre lo que exige la responsabilidad de gobierno y el sueño soberanista. Cataluña está como hace un mes, solo que peor. Duran, entre tanto, parece resucitar. Advirtió antes de las elecciones que no todos los que acudieron a la manifestación del 11 de septiembre eran independentistas, lo que ha quedado demostrado, y con unas notas críticas sobre la política de Convergència que hasta ahora no se había atrevido a formular.

Roca ya no está, aunque, si lo llamaran para una comisión de reparaciones del desaguisado, seguro que acudiría y mostraría, como hizo con ingenio en ese debate, que hay hueco en la Constitución para encajar las piezas. Felipe habló como un estadista que hace 30 años recibió el encargo de gobernar este país. Que lo llamen. Y con ellos, los jóvenes: De Cospedal por un lado y Duran por otro. Háganlo. De una vez.

crónica política

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Felipe y Roca igual lo arreglan