Artur Mas ha puesto Cataluña patas arriba y ni así se asegura la mayoría absoluta. En su mesianismo, anteayer amenazaba con convocar unas nuevas elecciones con carácter plebiscitario. En realidad es lo que ya ha hecho. Y aunque los resultados se verán el día 25, lo que de momento muestran las encuestas es que el pueblo no le sigue tan ciegamente como pretende. En el mejor de los casos, le apoyarían un 43 % de los catalanes. Si acierta el CIS, incluso retrocedería respecto al 2010. Un magro resultado para tan alto precio, la fractura de la sociedad catalana. Justo lo contrario de lo que se espera de un líder. En lugar de apostar por la integración, Mas ha preferido excitar los sentimientos diferenciadores. En tiempos de crisis, todos buscan culpables. Y es tentador cargar la responsabilidad de nuestros males sobre los otros. Pero sociedades complejas como las actuales no pueden ser gobernadas con argumentos simples ni maniqueísmos, aunque con ellos se puedan obtener grandes réditos electorales. La simplificación y la polarización para reducir la realidad a un juego de amigos y enemigos es propio de populistas y demagogos. Que es lo último que necesitamos. Y tan malo es espolear lo que separa como estigmatizar la diferencia. Una campaña es el espacio soberano del debate, de ideas y propuestas, sin exclusiones, pero siempre desde la lealtad, sin chantajismos. Es lo que de verdad necesita Cataluña. Y España.