Un Gobierno con mala comunicación


No es fácil reunir un plantel de comunicadores desafortunados tan nutrido como el que exhibe el Gobierno. Los hay incontinentes, como el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, al que le costó comprender que ya estaba en el Gobierno y no seguía en la oposición; o de línea ceniza, como Luis de Guindos, capaz de declarar que «la situación económica es grave pero va a empeorar». O incluso como José Manuel Soria, de Industria, que, como dice un compañero suyo de Gabinete, «olvida a veces que ya no está en Canarias».

Pero cuando ya parecían embridados los tres, el ministro de Educación, José Ignacio Wert, suple los silencios con su verbo fácil y en ocasiones provocador, como si hablara en las tertulias radiofónicas que frecuentaba. Lo de «españolizar a los niños catalanes» le ha parecido mal hasta a Manuel Martín Ferrand, que tan bien conoce Cataluña. «A los niños -ha dicho- no hay que españolizarlos ni catalanizarlos, sino simplemente educarlos». El viernes pasado, en la recepción del palacio Real, el ministro Wert estaba simpático y ocurrente. Nos saludó en perfecto catalán, lengua que conoce y hasta escribe. Vino a decir que si no se hubieran alterado por eso, algunos se habrían molestado por otra cosa. Al rey también le había hablado en catalán al llegar al desfile, pero el monarca le expresó su disconformidad con sus palabras en las Cortes. Y le trasladó su malestar a Rajoy. El rey no quiere más incendios, que bastantes atiende.

Cuando reflexiona, el ministro Wert reconoce que tiene «más instinto de conversación que de conservación», brillante autodiagnóstico, porque si al presidente Rajoy no le costara tanto tomar decisiones, probablemente lo hubiera cesado para retirar munición a los indignados con sus palabras, catalanes y también castellanos que prefieren el diálogo y el pacto a la tensión. Y fue el príncipe y no el Gobierno el que fomentó la concordia con sus palabras.

En vísperas de elecciones catalanas, Wert ha hecho un regalo a los soberanistas. El candidato socialista a la Generalitat, Pere Navarro, estima que «el PSC y el PSOE es el único puente serio que queda en la política entre Cataluña y España a la vista de que CiU se ha convertido en polo separatista y el PP se atrinchera al otro lado». Las encuestas le anuncian un desplome porque su partido con Pasqual Maragall, y aun con Montilla, se instaló en la ambigüedad con cesiones constantes a Esquerra Republicana en el tripartito. Navarro lo tiene claro: nada de independencia. Ernest Maragall, el hermanísimo, se marcha del PSC con una veintena de militantes destacados para fundar otro partido. En el PSC lo celebran en silencio como un paso clarificador. Recordemos que las encuestas señalan que, a seis semanas de las elecciones, una tercera parte del electorado no sabe a quien votar. La confusión es máxima y algunas ofertas, indefinidas.

Entretanto, Artur Mas ya ha advertido que llegará hasta el referendo y después se marchará. Cuesta creerlo. Se irá solo si fracasa, como pasa siempre. O como Juan José Ibarretxe, que impulsó un plan que quedó en nada, salvo que él perdió el Gobierno. Pero Cataluña no es el País Vasco y aparece ahora un fenómeno nuevo a tener muy en cuenta: los independentistas que no son nacionalistas. Gentes de habla castellana en casa que piden romper con España convencidos de que en solitario tienen más posibilidades de superar la crisis. Un pequeño empresario nos lo explicaba así el jueves en Vilanova: «Acudí con mi familia a la manifestación del 11-S porque la clase media se está hundiendo y queremos una solución». Mas ha conseguido hacer creer que la culpa de todo la tiene Madrid. Pero en Madrid la clase media está igual de amenazada. La crisis no distingue territorios ni lenguas.

crónica política

Votación
4 votos

Un Gobierno con mala comunicación