Tras la crisis de la cacería, el rey se ha empeñado en recuperar el prestigio de la institución interviniendo en todos los frentes que tiene abiertos el país. Pero la hiperactividad tiene un riesgo: perder la perspectiva de la realidad y pasarse de frenada por exceso de velocidad. El rey se ha ganado su reputación ejerciendo su papel constitucional de árbitro y moderador de las instituciones desde la prudencia y el respeto a las reglas, es decir dejando fluir el libre debate de ideas y posturas desde la consideración de que el contraste de opiniones e intereses dispares es un principio constitutivo de la democracia. Tiene razón don Juan Carlos en apelar a la unidad y el esfuerzo conjunto de todos los ciudadanos para salir de la crisis. Es este un imperativo ético, e incluso instrumental, para ganar el futuro. Y es adecuado también remontar la vista al espíritu de la transición, especialmente ayer, cuando se fue uno de sus protagonistas. Porque Carrillo, junto a tantos otros símbolos de aquella época, como Fraga, Suárez o González, por poner solo algunos ejemplos muy significativos, representan el esfuerzo por la síntesis, por la búsqueda del consenso desde el respeto a la discrepancia y la diferencia. La deriva soberanista, e incluso independentista, de Cataluña corre el riesgo cierto de alimentar frustraciones y desembocar en una fractura social. Pero de momento es un debate político legítimo. Nos guste más o menos. Y tratar de evitar la discusión por miedo a peligros potenciales es tanto como suprimir la democracia.