«Algunos se quedaron en casa, no querían perderlo todo»

Cándida Andaluz Corujo
cándida andaluz REDACCIÓN / LA VOZ

ESPAÑA

Emilio Barrera, Daniel Barrera y Mary Prol, ayer en Valle Gran Rey.
Emilio Barrera, Daniel Barrera y Mary Prol, ayer en Valle Gran Rey.

Son de los pocos vecinos de Valle Gran Rey que decidieron no abandonar su casa. Mary Prol Balboa, de padres carballiñeses, su marido Emilio y su hijo Daniel viven muy cerca del mar, en una zona que cercaron las llamas. Mary recuerda la noche del pasado domingo como la peor de su vida. «Mi marido y yo no estábamos en casa y cuando regresábamos nos dijeron que la carretera estaba cortada. Mi hijo estaba en casa, pero no podíamos llegar», recuerda. Con la ayuda de un amigo y un barco lograron finalmente acceder a su hogar. «Estábamos muy asustados y nuestra idea era llegar a casa cuando antes para estar con nuestro hijo. Sobre las diez de la noche lo conseguimos», cuenta. La carretera del barranco es la única salida de la localidad y a esa hora ya era imposible transitar por ella.

«Es una pena, una tristeza. Hay animales muertos por todas partes y todo está negro», prosigue para explicar que la situación ha mejorado y que ahora hay gente que regresa. «Lo peor es que hay muchas casas, cerca de 40, en las que ya no se puede vivir. Y otras muchas en que no hay ni agua ni luz». También dice que aunque las autoridades exigieron a los vecinos que abandonaran sus casas, algunos lo desoyeron. «Muchos hombres se escondieron y se quedaron en sus casas, porque no querían perderlo todo. Ellos mismos evitaron que las llamas que ya estaban en sus jardines entraran en sus casas y acabaran con todo. Querían salvarlas». Esa misa noche llegaron al puerto de Valle Gran Rey dos barcos. Uno para desalojar a aquellas personas que no podía regresar a sus hogares y otro en caso de una tragedia mayor.

Prol cuenta que días antes del gran incendio hubo otro pequeño. «Hubo un fuego en la zona hace aproximadamente diez días. Seguramente no se apagó bien y cuando pensaban que ya estaba controlado fue cuando comenzó el desastre. Una cosa es contarlo y otra verlo. Esto es horrible». Mientras habla, sobre su cabeza pasa un hidroavión cada segundo. «Están continuamente trabajando, aunque ahora ya se ve menos», dice. La tierra sigue caliente en la isla pero el viento ya no sopla tan fuerte. Aun así, Mary sigue con el miedo instalado en el cuerpo. «La gente que vive aquí quiere mucho a su tierra, a su pueblo. Pasará mucho tiempo hasta que La Gomera sea la misma».