Los peligros del desánimo

ESPAÑA

Estamos en un país ciclotímico. Hemos pasado de mirar para otro lado cuando la crisis ya arreciaba a hundirnos en el desánimo ahora que parece no terminar nunca. Algo tienen que ver con ello las actitudes del presidente de turno. Zapatero se empeñó en diluir la gravedad de la situación, mientras que a Rajoy solo le falta anunciarnos el advenimiento de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Esta visión distópica es especialmente peligrosa por cuanto acentúa la desafección hacia la política y mina la autoconfianza de la sociedad para conquistar el futuro. La idiosincrasia más individualista de los países anglosajones y de los de tradición protestante hace que reaccionen con más agilidad ante las adversidades. En cambio, en los países del sur, más acostumbrados a las jerarquías, hay una cierta tendencia a sucumbir al desaliento a la espera de que alguien venga a salvarnos. Es fácil cargar las culpas sobre las instituciones. Y hay muchas razones para ello. Pero, al final, la salvación está en nosotros mismos. Se necesita una sociedad más dinámica, que crea en sí misma y se esfuerce en ganar el futuro. Es lo propio de pueblos bien formados. Del Gobierno cabría esperar que ayudara invirtiendo en educación y capital productivo. Justo lo contrario de lo que hacen los Presupuestos.

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