Andalucía es el símbolo del poderío del PSOE. Es su principal granero electoral (aporta una quinta parte del total de votos en el conjunto de España) y la federación que ha aportado un mayor número de dirigentes, al partido y al Gobierno. Es, además, la comunidad que más años lleva gobernada por el mismo (único) partido. Y la falta de alternancia es una de las peores enfermedades de la democracia. Porque fomenta el clientelismo, el oscurantismo y el nepotismo, es decir, la corrupción. Hace que quienes detentan el poder acaben mimetizándose con las instituciones hasta usurparlas y apropiárselas. Por eso es necesario ventilar de vez en cuando para limpiar la casa de pestilencias. Aunque al PSOE le cueste asumirlo, porque Andalucía es un fiel reflejo de su estado de ánimo general y le duele reconocerse en ese espejo en descomposición. En su particular vía crucis, los socialistas se encuentran en una fase entre el desconcierto de no saber cómo hacer para mantener aquello que creían propio y la melancolía por unos tiempos de esplendor que jamás pensaron perder y que no saben cómo recuperar.